Tengo la maña de contar. Siempre lo hago. Cuento el recorrido que hace mi bus a cualquier destino, cuento el tiempo que me demoro en la ducha, cuento el tiempo que gasto en internet, cuento el tiempo que duran mis heridas en sanar: han pasado 42 días hasta hoy.
Ahora mismo pienso en caminar tranquila debajo del sol o la luna: lo que sea!. He decidido que no hay nada en el mundo que pueda afectarme más que mi propia enfermedad. Es mejor estar enfermo por un mal propio y no por uno ajeno que ni vale la pena y que no deja respirar con la tranquilidad que ofrece un cigarrillo después de una cerveza, así sea en mala compañía.
Luego pienso, inevitablemente, en las cosas que me entusiasman. También pienso en las que me deprimen: es un ciclo natural en mi vida, no puedo evitar hacerlo porque de alguna manera me permiten volar un poco al ritmo del viento y de las hadas, a las que tengo bastante olvidadas, sin embargo ellas no me sueltan y dejan volar mi mente, aunque herida y desterrada, a un lugar en el que sólo existe mi mundo, mi gente, mi imaginación… nuevamente he volado: nunca más con los pies en la tierra.
Adiós he dicho, aunque a veces vuelvo a caer. Adiós he dicho sabiendo que no aparecerás más en esta vida… Adiós ¡he dicho! Cayendo de nuevo en la marea de suspiros inacabados y recuerdos molidos como almendras debajo de un martillo para ser agregados a un pastel de chocolate con relleno incalculado… HIJUEPUTASSSSSSSSS!
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