viernes, 14 de enero de 2011

Tiempo

Tiempo para recordar lo que éramos, lo que fuimos. Tiempo para ser lo que añoramos y no lo aprovechamos. Tiempo para crecer, para añorar, para olvidar, recordar y creer.

Y cuando pasa, ¿en qué quedamos?. Somos el olvido que seremos y el tiempo pasado que nos ha  comido de prisa como el reloj a los segundos cuando tiene afán de llegar a la hora y el tiempo se hace efímero porque el reloj nos engaña.

Ahora, es hora de orar, hora de vivir, de recordar, de pensar y callar los ruidos externos que nos estorban y escuchar los sonidos internos que nos conducen por el camino que caminamos sin saber que somos quienes guiamos nuestro propio caminar y hacemos el sendero por el cual nos desplazamos.

Somos dueños del tiempo y herederos de lo que viene, sin saber otra cosa más que la certeza de nuestras vidas y el poder que tenemos para vivir, morir, reír, cumplir, sentir: sentir. Añorar, recordar, pensar, meditar el pasado que ya no vive más y que genera la extrañeza de un niño que ha perdido su niñez para enfrentarse a los temblores que le causa el paso del viento y el temblor de la vida que se mueve con miedo que mueve el aire en noches sin luna, de soledad.

Es tiempo de inventar motivos para que todo esté bien y empezar desde cero algo que tuvo que haber seguido como iba. Un gran día hoy para que dos pasados, que se dividieron en la bruma del maldito abandono que se pega dentro del corazón y revienta el alma como dinamita, se vuelven a encontrar.
Tiempo, para el que lo tenga.

martes, 11 de enero de 2011

Carta a una mamá en la sala de partos

Para Miel, con su aroma tan suyo. Con su hijo tan de ella.


Querida mamá, la angustia me está matando más a mí que usted. Apenas me veo sentada en la sala del hospital tan grande, tan bonito, pero tan hospital con su olor a sangre oxigenada, sus enfermos rodando con cara de vómitos y los niñitos correteando por los pasillos, que no aguanto esta sensación tan horrenda de saberla allá adentro con su pequeño bebé adentro y su esposo que tiene el privilegio de acompañarla mientras puja para que ese nene salga sano y salvo.
Querida mamá llamada Miel o Amarilla, o llámese como quiera, no sabe la emoción que siento al verla. No sabe cuánto desearía yo estar ahí dentro, siendo testigo directo de cómo sus manos se mueven acompasadamente por su vientre, cantando melodías de la tierra al nuevo ser musical que está por dar a luz. No sabe usted el recuerdo vivo de alguna noche con las luces bajas que aún corren con una feliz nostalgia por mi corazón y mi sangre y me hacen desear ese mismo momento en que nuestros pensamientos fueron uno solo y tuvo la capacidad de leerme la mente mientras yo, asustada por el hecho de que me escuchase la mente, sólo atiné a decirle que la quiero.
A usted nueva madre, la pienso desde la silla de afuera, sentada con mis manos en la cabeza, diciéndole con mi mente que por favor vuelva un segundo para que las dos seamos elefantes, grillos, hormigas, nubes, palomas, águilas para estar por los Aires, como tanto le gusta.
Hermosa Madre, debo hablarle al padre y decirle que en medio de esa maraña de pelo largo y barba paciente y trabada por la marihuana, es él ser afortunado por poseer a esa madre musical que entonará los sonidos de la vida cuando su cuerpo se abra y otro cante más duro que ella. Ese otro, también será suyo.
Afuera de la sala de partos, espero yo. Ésta quien escribe con paciencia esperando que salgan de ahí y le den la buena nueva de quien ha llegado. Esta que ama profundamente a esa madre que ahora mismo pare el fruto de otro amor besado, vivido, abrazado, imprimado… ese amor que está allá adentro de la sala privada de partos que pertenece a dos, ahora a tres.
. . .
Entro y la veo cansada, exhausta de dolor y ahora de placer por tener al de nombre de energía vital y musical en sus brazos. Desearía poder abrazarla y besarla agradeciéndole haber dado vida, agradecerle tanta belleza, pero esta es ajena y por eso sonrío con gusto ante su presencia porque el amor verdadero no es egoísta y solo pretende amor para el amor y eso es lo que es usted y ahora su primogénito junto a su esposo barbudo-loco-pelilargo-suertudo-papá.
En silencio me retiro con su rostro en el lado de adentro de mis parpados. Con sus ojos mirando cómo me alejo y sintiendo a su corazón diciendo “no se vaya”. Lo siento, me tengo que ir. Pero la olvidaré todos los días para que sepa que no la olvido. La cuidaré con los ojos de la luna.
No olvide que la quiero… por siempre