martes, 5 de septiembre de 2017

Perder perdiéndonos

Claro, amor.
Las torpezas de la vida suelen sucedernos. Y yo perdí la cabeza tratando de llegar a ti
Había imaginado tanto nuestro encuentro
que me desbordé de amor por ti solo viéndote venir.

Y quién no iba a hacerlo, si contigo las cosas eran más fáciles, más dóciles, más tranquilas
Contigo respiraba amaneceres frescos
con promesas de sol radiante cada mañana.

Amarte entonces era tan fácil
que tenía un sentimiento de plenitud contigo
y la vida me sonreía con solo intentarlo

Con solo pensarte
con solo tomar tu mano
y saberte mía así fuera unas pocas horas cada noche
tenía y me bastaba

Tener tus ojos mirándome
y tus besos besándome
era un vicio del que no quería escapar

Caminar contigo en un parque
contándonos sueños, poesías
mientras tú rompías ramitas de pasto en pedacitos y agachabas la mirada
era la mejor manera de inventarnos todo eso que podíamos ser

Pero tus heridas eran más fuertes, amor
y mi locura no logró abstenerse cuando tuvo que perderte
Mi corazón era una represa desbordada por las lluvias
de amor, de locura,
a cuyo desastre no había cómo escapar

Ya no había vuelta atrás , Blues
y aunque grité y grité pidiéndote te que te quedaras
tus oídos fueron sordos a mis súplicas

Entonces te fuiste,
y dejaste un vacío en mí que no conocía límites
que no conocía más que el ruido del silencio
que no conocía más soledad que aquella condenada a estar sin ti

Y yo, como Alicia, me sentía cada vez más pequeña
y las aguas de mi propio llanto inundaban mi habitación
y salía nadando antes de ahogarme
arrastrándome por ese infierno
en el que me dejaste
al que fue tan fácil entrar de tu mano
y que sin ti, ya no había (ni sabía) cómo salir de él.

martes, 28 de marzo de 2017

Recordando a A para olvidar a A

Hoy vi a A luego de muchos años, cientos de semanas, miles de días. Un amigo me envió una foto de ella hace días que hasta ahora vi. No niego que me emocionó. Mis ojos se inundaron de lágrimas; reí complacida recordándola.

A no había cambiado nada desde que la conozco. Tan pronto vi su cara y unas letras que decían lo que ella sabe decir muy bien, quise escribirle una carta o enviarle un mensaje. Tuve ganas de decirle que me acordaba de ella cuando ya hacia el final de mis días en aquél lugar común la veía caminar por los prados verdes sabaneros.

A usaba tenis, jeans rotos por la rodilla, camisas anchas de colores que le volaban con el viento y el sol de medio día. Yo la recuerdo así. Un día, me acuerdo, me descubrió mirándola desde la lejanía de un balcón en el segundo piso y bajó la mirada como consternada de sentirse vigilada.

Yo no podía disimularlo. Es más, todos saben que no escatimo en miradas y en observaciones cuando me gusta [mirar a] alguien.

En esa época A era mi invento para salirme de la rutina, del aburrimiento. Cuando la miraba, sonreía, sentía algo muy cercano al enamoramiento, pero era un enamoramiento artificial, lo sabía; lo que pasa era que me gustaba mucho y disfrutaba mucho su inteligencia, porque eso sí, como ella, conocía a pocas en esa época.

Ver a A me hizo pensar en días de sol, cielos azules y una tranquilidad que hace rato no experimentaba, pero que nuevamente volví a sentir, así fuera por un momento.

Me acuerdo que L y yo hablábamos a veces de ella. Me parece que a ella también le gustaba porque tenía esa actitud coqueta, que yo conocía muy bien en ella, cuando se dirigía a A o cuando hablaba de ella. Yo no sabía cómo sentirme, pero me gustaba. Me gustaba ella y me gustaba A.

Creo que nos gustaba tanto, que ambas decidimos que el día que escribiéramos un libro, A iba ser la que nos escribiera escribir el prólogo.

Prendí el computador. Escribí el nombre de A completo y pulsé enter buscando saber qué hacía ahora.

Justo encontré unas fotos de ella con Firulais, un perro del que siempre escribía; eran cosas tan urbanas y simples que nunca creí que existiera, aunque el animal era tan perfecto para ella que no me sorprendió del todo verlo en una foto con ella.

Seguí pasando las fotos, navegando perdida en los recuerdos que A ha querido recordar por siempre, y la veo con aquella que seguro será su compañera. No dice nada, solo un par de mensajes. Lee libros de J.M. Coetzee, publica fotos de callecitas de colores, de autores que desconozco y siento envidia de que sea tan amante de la lectura, algo que yo, aunque más quiera, nunca podré igualar, porque lo que a mí respecta, busco historias de amor, no importa de qué, pero tienen que haber amor, si no no puedo seguir leyendo.

Una foto de una casa de madera, con ventanas de marco de madera y ventanas cuadriculadas muy pequeñitas, un cielo gris, una montaña de fondo y un adorno de flores de colores, me hacen desear estar allá con ella y hablar por horas de los recuerdos que nunca hemos tenido juntas, una manera de volverme a enamorar así sea artificialmente, pero que me distrae de estos tiempos de cielos grises y días lluviosos de esta amarga Bogotá.

Al fin de cuentas, pensar en A es más cómodo que pensar en A*, pues ya no puedo pensar ella.