Era cierto. Esa noche estaba ebria, embriagada de ti, de tus
momentos, de tu inocencia al hablarme, de esa magia que siempre hubo entre tú y
yo desde el principio de esa historia.
La noche había empezado al ritmo de unas copas, tímidas en
mi caso; arriesgadas, en el tuyo. Un millar de extranjeros invadían esa casa
desconocida y yo, en un rincón te miraba desde la distancia. Confieso que me
encantaba verte con ese vestidito sin tirantas que habías elegido esa noche.
Era bastante particular y feo para mi gusto, pero en ti la belleza sobraba.
Luego de una ronda de abrazos y besos inconclusos llegaste a
mi con una copa. Sonreíste. De hecho, aún no he perdido la costumbre de sonreír
cuando recuerdo tu sonrisa; aún la extraño y la recuerdo cuando hace frío.
Tomaste mi mano y con tu mirada tan profunda me invitaste a tomar asiento junto
a ti.
Encendí un cigarrillo. Lo aspiré tratando de aspirarte.
Intentando calmar las ansias que me provocabas, la falta de respiración, la
felicidad que tenía y el miedo a perderte. Cerré los ojos y me perdí en el
sonido de tu voz que alegre, me preguntaba cómo me sentía:
- Feliz, te contesté
Disimulé mi excitación de verme contigo, de verte conmigo. A
tu lado solamente podía sentirme tuya. Sabía que eras la única capaz de calmar
mis ansias, la intranquilidad que me producía estar en un lugar ajeno rodeada
de gente tan rara como sus nacionalidades en una fiesta de la que nada se podía
esperar si compartíamos el espacio con un Chino que hablaba en argentino y se
vestía como gringo. ¡Nada que hacer!
Fumé tranquila. Crucé un par de palabras con alguien más. Me
levanté con esa independencia que siempre me ha caracterizado en mis asuntos
privados y me dirigí al baño. Sentí tu mano en la mía y tu firme decisión de
entrar conmigo. Me estremecí; me bloqueé, tanto que al cerrar la puerta lo
único que pude hacer fue respirar pausado y profundo. Estaba nerviosa, lo
admito, también asustada. Durante un minuto nos miramos a los ojos. Esta vez
estaba dispuesta a besarte como nunca lo había hecho y como siempre lo imaginaba.
Me acerqué lentamente sintiéndote, cuando alguien llamó a la puerta. Una
emergencia había dañado el momento.
Regresamos a la mesa cómplices de lo que hubo pasado. Yo
estaba excitada y asombrada por tu comportamiento. De la nada empezamos a tomar
una botella de tequila, solo para las dos. Aprendí esa noche ese ritual sexy
que me llevó a la locura. Sal, limón, Tequila bajado en fondo blanco. Duramos así
un buen rato. Al final, fui víctima de una cámara fotográfica que plasmó
nuestros momentos de insensatez para siempre y que aún conservo cuando te
quiero a mi lado.
La noche había acabado pero aún nos quedaba el regreso a
casa. No tuve nada que temer porque sabía que estarías conmigo; me sentía protegida
a tu lado.
3:25 am.
La Ruta 68 nos devolvería a nuestra casa, a nuestra
privacidad. Con un gesto sobrio pagaste los pasajes y yo entré en ese bus con
el mundo dándome vueltas. Me senté y tomé tu mano y te pedí, por favor, que no
me dejaras. Nuestras manos entrelazadas serían mi aliciente para llegar
despierta a casa y sintiéndote como me gustaba. Respiré tu piel; amé tus manos;
guardé ese momento para siempre en mi mente. Lo esculpí sobre piedra para
recordarlo un día como hoy, luego de tantos años.
Al bajar, me tomaste con ternura, sintiendo compasión de mi
y nuestra noche de excesos. Subimos acompañadas por el ruido del ascensor. Yo
con mi pelo sobre la cara con algo de vergüenza por mi deplorable estado. Tú
pendiente de mi; tan cercana, tan valiente como siempre.
Recuerdo más que nunca cuando abriste la puerta. Luego tu
puerta y finalmente la mía. Nos sentamos en mi cama amarilla. Te agradecí por
estar ahí conmigo. Te confieso que tuve miedo de mi al estar contigo en el
silencio de la noche, cuando ya no había nada que temer. Entonces me acerqué a
ti y tú a mí. Fue nuestro primer beso. Tan cálido y suave, tan dulce, tan
silente, desvistiendo nuestro interior. Nos envolvimos en una aurora de
complicidad, de satisfacción, de sentimientos encontrados en los que una cosa
llevó a la otra. Mi cama, mi cuarto y mi privacidad habían quedado a merced
tuya; eras tú quien mandaba en mi espacio y a partir de ese momento empezaste a
hacerlo en mi vida…
11:50 pm