domingo, 9 de octubre de 2011

Embriagada



Era cierto. Esa noche estaba ebria, embriagada de ti, de tus momentos, de tu inocencia al hablarme, de esa magia que siempre hubo entre tú y yo desde el principio de esa historia. 

La noche había empezado al ritmo de unas copas, tímidas en mi caso; arriesgadas, en el tuyo. Un millar de extranjeros invadían esa casa desconocida y yo, en un rincón te miraba desde la distancia. Confieso que me encantaba verte con ese vestidito sin tirantas que habías elegido esa noche. Era bastante particular y feo para mi gusto, pero en ti la belleza sobraba.

Luego de una ronda de abrazos y besos inconclusos llegaste a mi con una copa. Sonreíste. De hecho, aún no he perdido la costumbre de sonreír cuando recuerdo tu sonrisa; aún la extraño y la recuerdo cuando hace frío. Tomaste mi mano y con tu mirada tan profunda me invitaste a tomar asiento junto a ti.

Encendí un cigarrillo. Lo aspiré tratando de aspirarte. Intentando calmar las ansias que me provocabas, la falta de respiración, la felicidad que tenía y el miedo a perderte. Cerré los ojos y me perdí en el sonido de tu voz que alegre, me preguntaba cómo me sentía:
 - Feliz, te contesté

Disimulé mi excitación de verme contigo, de verte conmigo. A tu lado solamente podía sentirme tuya. Sabía que eras la única capaz de calmar mis ansias, la intranquilidad que me producía estar en un lugar ajeno rodeada de gente tan rara como sus nacionalidades en una fiesta de la que nada se podía esperar si compartíamos el espacio con un Chino que hablaba en argentino y se vestía como gringo. ¡Nada que hacer!

Fumé tranquila. Crucé un par de palabras con alguien más. Me levanté con esa independencia que siempre me ha caracterizado en mis asuntos privados y me dirigí al baño. Sentí tu mano en la mía y tu firme decisión de entrar conmigo. Me estremecí; me bloqueé, tanto que al cerrar la puerta lo único que pude hacer fue respirar pausado y profundo. Estaba nerviosa, lo admito, también asustada. Durante un minuto nos miramos a los ojos. Esta vez estaba dispuesta a besarte como nunca lo había hecho y como siempre lo imaginaba. Me acerqué lentamente sintiéndote, cuando alguien llamó a la puerta. Una emergencia había dañado el momento.

Regresamos a la mesa cómplices de lo que hubo pasado. Yo estaba excitada y asombrada por tu comportamiento. De la nada empezamos a tomar una botella de tequila, solo para las dos. Aprendí esa noche ese ritual sexy que me llevó a la locura. Sal, limón, Tequila bajado en fondo blanco. Duramos así un buen rato. Al final, fui víctima de una cámara fotográfica que plasmó nuestros momentos de insensatez para siempre y que aún conservo cuando te quiero a mi lado. 

La noche había acabado pero aún nos quedaba el regreso a casa. No tuve nada que temer porque sabía que estarías conmigo; me sentía protegida a tu lado. 

3:25 am. 

La Ruta 68 nos devolvería a nuestra casa, a nuestra privacidad. Con un gesto sobrio pagaste los pasajes y yo entré en ese bus con el mundo dándome vueltas. Me senté y tomé tu mano y te pedí, por favor, que no me dejaras. Nuestras manos entrelazadas serían mi aliciente para llegar despierta a casa y sintiéndote como me gustaba. Respiré tu piel; amé tus manos; guardé ese momento para siempre en mi mente. Lo esculpí sobre piedra para recordarlo un día como hoy, luego de tantos años. 

Al bajar, me tomaste con ternura, sintiendo compasión de mi y nuestra noche de excesos. Subimos acompañadas por el ruido del ascensor. Yo con mi pelo sobre la cara con algo de vergüenza por mi deplorable estado. Tú pendiente de mi; tan cercana, tan valiente como siempre. 

Recuerdo más que nunca cuando abriste la puerta. Luego tu puerta y finalmente la mía. Nos sentamos en mi cama amarilla. Te agradecí por estar ahí conmigo. Te confieso que tuve miedo de mi al estar contigo en el silencio de la noche, cuando ya no había nada que temer. Entonces me acerqué a ti y tú a mí. Fue nuestro primer beso. Tan cálido y suave, tan dulce, tan silente, desvistiendo nuestro interior. Nos envolvimos en una aurora de complicidad, de satisfacción, de sentimientos encontrados en los que una cosa llevó a la otra. Mi cama, mi cuarto y mi privacidad habían quedado a merced tuya; eras tú quien mandaba en mi espacio y a partir de ese momento empezaste a hacerlo en mi vida… 
11:50 pm