París es una ciudad fría. Extraña. Lejana. En París experimenté cómo se siente el miedo y cómo se llega al borde de la locura.
Cada año a París llegan unos 400.000 jóvenes a estudiar. Las escuelas de francés son la puerta de entrada para miles de estudiantes latinoamericanos, asiáticos, eslovenos, que quieren vivir en la Ciudad de la Luz, famosa por su romanticismo, su perfección.
Pero París es todo menos una ciudad romántica. Es fría y hostil con los recién llegados. Encontrar un lugar para vivir es una titánica labor que puede tomar semanas antes de que el iluso recién llegado pueda encontrar un espacio en la tierra prometida. Los pícaros estafadores, escondidos detrás de un computador, están al acecho permanentemente buscando el mejor postor que pague para vivir en una casa de papel.
En el distrito 20 de París, casi ubicada en la periferia, en la última estación de la línea 3 del metro, hay una casa grande de unos cuatro pisos. La puerta principal se camufla misteriosa detrás de un árbol con flores blancas y violeta que recién empiezan a florecer llegada la fría primavera. Una inmigrante china de unos 20 años es la encargada de entregar las llaves a los inquilinos temporales que llegan buscando un hogar. Yo, mientras tanto, me comunicaba con torpes mensajes de texto escritos en francés con la dueña de la casa: otra mujer china que parecía dominar mejor el idioma que su empleada.
Al entrar, la casa tenía un extraño olor a suciedad mezclada con limpiadores de pino y flores artificiales, pero la sensación de ranciedad venía con el ADN de la casa. “Huele a chino”, pensé. Un pequeño hall recibía al visitante. La diminuta recepción era una señal de que no había preocupación porque el inquilino se amañara en casa.
Las escaleras se empinaban uno, dos pisos hacia arriba. Uno más hacia abajo, donde estaba la cocina y algunos huéspedes tenían acceso a una amplia y oscura cocina. Al pisar desprevenida, el chirrido de mis pasos acompañaban el recorrido por la madera envejecida que conducía hasta mi cuarto, un pequeño rectángulo de 1.80 x dos metros, con una cama y un escritorio, un lujo en pleno París.
Me instalé. Tomé lo necesario y me puse a escribir. Era una historia de una niñita que vendía sus juguetes a cambio de agua para los damnificados de un terremoto en la provincia cercana. Por ese entonces andaba yo muy sensible. No había comido. Una botella de vino desgastada era mi compañía. No había ido convencida a esa ciudad. Lo había hecho con el ánimo de huir de la monótona y atrancada Bogotá, que para este momento debería tener mucho más sol que la encapotada Ciudad Luz.
La ansiedad burbujeaba en mi garganta y la ciudad se asomaba insípida, sosa y ajena por la ventana. El vecindario, lleno de inmigrantes árabes y obreros franceses que descampaban el desempleo fumando y tomando cafés en una tienda, me era tan desconocido como la salsa blanca halal que compré en la única tienda que encontré abierta ese día: ultracondimentada, picante y agria en el fondo del paladar. Pensé que así sabían los árabes.
Hacia el final de mi jornada laboral, en medio del silencio de la habitación 302 se coló un sonido ensordecedor que empezó a martillarme el cerebro. No venía de la casa y tampoco de la calle.
Ansiedad.
El pulso se acelera.
Las teclas de un piano tocaban un conjunto de notas musicales que se repetían constantemente sin avanzar a ningún lado. Miré hacia todos los rincones de la habitación buscando de dónde venían. No supe. El sonido era demasiado débil como para venir de algún lado.
Respirar.
La música se repetía una y otra vez sin descanso, y mi corazón empezó salirse de mi pecho. La tensión en mi cuello asemejaba las cuerdas de un violín. Los nervios de punta. Un remolino de confusión me acorralaba y la respiración rasgaba mi garganta.
Tenía frío. Miedo. Me estaba perdiendo.
De golpe, toda la habitación quedó en silencio y empecé a sentir unos pasos caminar por las escaleras sobre mi cabeza, como quien sube al último cuarto que estaba cerrado con un candado en el último piso. Lo sabía. Mi baño estaba justo al lado de esa misteriosa puerta.
- ¿Quién vive allí?, pregunté. Y la empleada china, en un francés mal hablado e inentendible, me dijo “pas de personne”, “rien”. “D’accord’, respondí con desconfianza.
Sola en la habitación 302 recordé esa conversación y entendí que tal piano no existía, que la ansiedad me estaba matando lentamente. Que el sonido venía de mi cabeza. Me senté en el rincón de mi cama blanca, con el sabor del pánico en la boca, como cuando uno se golpea la cabeza. Abracé mis rodillas pegadas al pecho con mis brazos y me escondía del ruido de la locura detrás de mis manos mientras me mecía confortándome en medio de la locura, como ese personaje de El Jardín de las Delicias del Bosco: sintiendo miedo de que la demencia lo inundara.
Yo, con miedo de tener miedo, vivía apenas mi segunda semana en París.
Cada año a París llegan unos 400.000 jóvenes a estudiar. Las escuelas de francés son la puerta de entrada para miles de estudiantes latinoamericanos, asiáticos, eslovenos, que quieren vivir en la Ciudad de la Luz, famosa por su romanticismo, su perfección.
Pero París es todo menos una ciudad romántica. Es fría y hostil con los recién llegados. Encontrar un lugar para vivir es una titánica labor que puede tomar semanas antes de que el iluso recién llegado pueda encontrar un espacio en la tierra prometida. Los pícaros estafadores, escondidos detrás de un computador, están al acecho permanentemente buscando el mejor postor que pague para vivir en una casa de papel.
En el distrito 20 de París, casi ubicada en la periferia, en la última estación de la línea 3 del metro, hay una casa grande de unos cuatro pisos. La puerta principal se camufla misteriosa detrás de un árbol con flores blancas y violeta que recién empiezan a florecer llegada la fría primavera. Una inmigrante china de unos 20 años es la encargada de entregar las llaves a los inquilinos temporales que llegan buscando un hogar. Yo, mientras tanto, me comunicaba con torpes mensajes de texto escritos en francés con la dueña de la casa: otra mujer china que parecía dominar mejor el idioma que su empleada.
Al entrar, la casa tenía un extraño olor a suciedad mezclada con limpiadores de pino y flores artificiales, pero la sensación de ranciedad venía con el ADN de la casa. “Huele a chino”, pensé. Un pequeño hall recibía al visitante. La diminuta recepción era una señal de que no había preocupación porque el inquilino se amañara en casa.
Las escaleras se empinaban uno, dos pisos hacia arriba. Uno más hacia abajo, donde estaba la cocina y algunos huéspedes tenían acceso a una amplia y oscura cocina. Al pisar desprevenida, el chirrido de mis pasos acompañaban el recorrido por la madera envejecida que conducía hasta mi cuarto, un pequeño rectángulo de 1.80 x dos metros, con una cama y un escritorio, un lujo en pleno París.
Me instalé. Tomé lo necesario y me puse a escribir. Era una historia de una niñita que vendía sus juguetes a cambio de agua para los damnificados de un terremoto en la provincia cercana. Por ese entonces andaba yo muy sensible. No había comido. Una botella de vino desgastada era mi compañía. No había ido convencida a esa ciudad. Lo había hecho con el ánimo de huir de la monótona y atrancada Bogotá, que para este momento debería tener mucho más sol que la encapotada Ciudad Luz.
La ansiedad burbujeaba en mi garganta y la ciudad se asomaba insípida, sosa y ajena por la ventana. El vecindario, lleno de inmigrantes árabes y obreros franceses que descampaban el desempleo fumando y tomando cafés en una tienda, me era tan desconocido como la salsa blanca halal que compré en la única tienda que encontré abierta ese día: ultracondimentada, picante y agria en el fondo del paladar. Pensé que así sabían los árabes.
Hacia el final de mi jornada laboral, en medio del silencio de la habitación 302 se coló un sonido ensordecedor que empezó a martillarme el cerebro. No venía de la casa y tampoco de la calle.
Ansiedad.
El pulso se acelera.
Las teclas de un piano tocaban un conjunto de notas musicales que se repetían constantemente sin avanzar a ningún lado. Miré hacia todos los rincones de la habitación buscando de dónde venían. No supe. El sonido era demasiado débil como para venir de algún lado.
Respirar.
La música se repetía una y otra vez sin descanso, y mi corazón empezó salirse de mi pecho. La tensión en mi cuello asemejaba las cuerdas de un violín. Los nervios de punta. Un remolino de confusión me acorralaba y la respiración rasgaba mi garganta.
Tenía frío. Miedo. Me estaba perdiendo.
De golpe, toda la habitación quedó en silencio y empecé a sentir unos pasos caminar por las escaleras sobre mi cabeza, como quien sube al último cuarto que estaba cerrado con un candado en el último piso. Lo sabía. Mi baño estaba justo al lado de esa misteriosa puerta.
- ¿Quién vive allí?, pregunté. Y la empleada china, en un francés mal hablado e inentendible, me dijo “pas de personne”, “rien”. “D’accord’, respondí con desconfianza.
Sola en la habitación 302 recordé esa conversación y entendí que tal piano no existía, que la ansiedad me estaba matando lentamente. Que el sonido venía de mi cabeza. Me senté en el rincón de mi cama blanca, con el sabor del pánico en la boca, como cuando uno se golpea la cabeza. Abracé mis rodillas pegadas al pecho con mis brazos y me escondía del ruido de la locura detrás de mis manos mientras me mecía confortándome en medio de la locura, como ese personaje de El Jardín de las Delicias del Bosco: sintiendo miedo de que la demencia lo inundara.
Yo, con miedo de tener miedo, vivía apenas mi segunda semana en París.