miércoles, 21 de septiembre de 2016

Marrakesh y la Plaza Jemaa el Fna

El camino al Sahara fue largo e incierto.

La verdad nunca supe a dónde íbamos a ir porque por más que Jawad, el encargado del Riad en el que nos hospedábamos, lo repitió cada vez que se lo pregunté, ningún nombre se me quedaba ni me daba alguna indicación de nada: así empecé mi viaje por Marruecos, en Marrakesh.

La primera vez que escuché esa palabra —Marrakesh— el sonido envolvente me cautivó. Caí de casualidad en este lugar tratando de localizar a Juan Goytisolo, un escritor español (catalán) que había ganado el premio Príncipe de Asturias en 2014 y que queríamos entrevistar.

Nunca había escuchado sobre Marrakesh. Mi visión del mundo, siempre tan corta, me ha permitido maravillarme con cada descubrimiento, por pequeño que sea, como en este caso, el nombre de la ciudad.

De Marrakesh vi fotos, leí reportajes, busqué mapas. Todo me decía que esa ciudad de nombre tan raro, pero tan sonoro, tenía que ser algún día mi destino.

No tardó tanto: dos años después de imaginármelo cada vez que planeaba mis viajes, llegó gracias a su cercanía con Europa. Resulté viviendo un ratico en París y desde aquí todo es tan cerca y barato, que no pude resistirme.

Después de un viaje de tres horas desde Orly, aterricé en un día templado y húmedo (pegajoso) en Marrakesh a las 17H25 de un día de principios de septiembre. No hacía calor, pero el clima indicaba que iba a ser complicado.

Pero la verdad era que no sabía nada porque nunca me tomé la molestia de ver qué había para hacer, cuál iba a ser el clima (más allá de la temperatura); nunca supe cómo podía ir del aeropuerto al hotel, ni cuales eran los puntos de interés para visitar. Me fui a ciegas, más por despiste que por aventurera.

Tomamos un bus que nos tuvo en 20 minutos en la plaza central  Jemaa el Fna, un lugar ruidoso, con multitudes de hombres, mujeres, niños, abuelos, vendedores, culebras, monos encadenados, negocios amontonados y algunos turistas reunidos en la misma locura. Un guía turístico que pagamos por error dijo algo así como que tenía que ver con que allí alguna vez en la historia colgaban gente, la mataban… no le entendí muy bien. Su español era difícil.

Laura, que iba conmigo, me dijo que sentía que había llegado a Sodoma y Gomorra. Yo no hice caso, estaba encantada con el caos, la cantidad de colores de aquel lugar. Me paré frente a un hombre que vendía sombreros y compré una gorra, tal vez mañana iba a necesitarla y la compra no podía esperar.

Miles de hombres nos rodeaban. Era una gran multitud que ofrecía, que pedía, que quería llevarnos, que quería nuestro dinero, que quería saludar, saber de dónde veníamos.

Un vídeo publicado por Melissa Velásquez Loaiza (@almendranadamas) el

Comimos maní, un refresco. Compré una gorra. Tomé una de las pocas fotos del lugar. Intentamos llegar al Riad caminando, pero el camino es difícil y nos perdimos en una calle repleta de mujeres con burkas con niños de la mano, en los socos, callecitas llenas de mercadillos-callejones en los que cualquier novato podía perderse.

La primera vez que me encontré con una mujer con niqab o burka (velo islámico que les cubre toda la cara, todo el cuerpo) tuve miedo. Quedé en shock. Fue difícil de asimilar. Me sentí violentada como mujer; sentí la sensación de ahogo. Aunque ya lo había leído miles de veces, ver una figura acercándose toda cubierta de negro, sin identidad, como una sombra no era menos que miedoso. Al mismo tiempo quise saber más de estas mujeres.

Desistimos.

Contratamos un tuk tuk que por 40 dirhams (algo así como 4 euros) nos llevó al Riad. Era todo o nada. Era el único dinero que nos quedaba porque no habíamos retirado más. Ya eran las 10 p.m. y de noche sin conocer, permanecer allí parecía temerario.

Marrakesh era un hervidero de sensaciones. Yo tenía miedo, emoción; sentía que algo en mí temblaba, estaba cansada por el viaje, por la caminada; tenía nervios y me sentía perdida, todo al mismo tiempo… pero aún así sentía que podía manejarlo. Creo que lo único que pensé allí es que lo peor que podría pasarnos era un robo. Yo sudaba, pensaba en qué estaba haciendo allí, pero a la vez estaba emocionada por conocer ese mundillo, tan lejano y distante al mío.

El señor del tuk tuk nos dejó frente a un callejón y decía en un francés complicado “Allez-y! Allez-y! The riad is there!. Walk!”.

Un grupo de muchachitos nos recibieron preguntándonos cómo nos llamábamos, de dónde éramos. Se reían con pequeños salticos a nuestro alrededor emocionados por ver turistas, pues eso, sabían desde muy chiquitos, podría significar dinero… o una ventana para ver otro mundo.

Uno de ellos, como de 14 años, nos ofreció llevarnos hasta la puerta, que quedaba en un callejón a 50 metros de la avenida principal. “¡No tenemos dinero! WE-HAVE-NO-MONEY”, advertimos. Pero ellos querían ayudarnos. Llegamos a una puerta pequeña, en medio de una callecita incómoda aún para los peatones…



Golpeamos.


- YES?
- ¿Hotel? ¿Riad?
- YES, COMMINN

Un jovencito de mirada noble y tierna nos atendió. Llamó a su compañero-jefe que estaba en la terraza y este apareció por las escaleras como aparecen los capos que son dueños de la casa: con una gran sonrisa, extendiendo la mano, con los cuatro primeros botones de la camisa abiertos y con una expresión de opulencia (en medio de la no opulencia).

- ‘Welcome to Marrakesh’, sonrió, apretándonos la mano con suavidad.

Nos preguntó si queríamos un whisky caliente, una bebida típica de Marrakesh.

Dudamos.
Él sonrió.
Aceptamos.

Tronó sus dedos y con dos sencillas palabras en árabe (que pudieron haber sido más) el joven ayudante entró a la cocina a preparar aquél ‘whisky’.

Al rato apareció con una jarra caliente de acero y tres vasos de vidrio. El ‘berberet whisky’ —no sé qué quería decir— era en realidad un té de menta caliente sin una gota de licor. Más tarde íbamos a enterarnos que Marruecos es un lugar difícil para conseguir bebidas alcohólicas, pues la religión no lo permite en lugares que estén cerca de las mezquitas.

Después del primer sorbo seguimos bebiendo tranquilas mientras Jawad nos invitaba al desierto en un viaje de 12 horas por carretera, donde íbamos a ir con un grupo de turistas a montar camello en el desierto… Yo no puse cuidado a nada de esto a pesar de mi insistencia por grabarme los nombres. Sólo supe algo: en el destino habrían camellos y dormiríamos en el desierto una noche y veríamos las estrellas…

¡Hasta mañana!