sábado, 27 de octubre de 2012

Noir Martini


Buenos Aires, Argentina. La noche y el viento, un espacio propicio para que las niñas buenas anden por ahí todas desarregladas de maldad con el deseo a flor de piel, con sus falditas cortas y las uñas pintadas de rojo, de morado o de color sexo.

Así como cierta vez, cuando a media noche esperaba yo que ella viniera. Me sentía una 'Rock Star' en esa marea de caras que me miraban pero no me veían, esperándola, deseándola, con las orugas en mi estómago esperando que ella las convirtiese en mariposas, cuando por fin la viera de nuevo.

En la sala de aquella casa porteña, vieja pero recién remodelada, esperábamos con un termo de agua y un mate lleno de yerba, algunos cigarrillos y la mesa llena de martinis fríos, traídos sólo para ella, como tanto le gustaba.

La noche andaba. Yo fumaba con ansias de recorrerla. Sabía que después de todo el desorden quedaríamos juntas, abrazadas con la noche como testigo después de la gente; con la música bailando en nuestra piel, con el deseo en la sangre... así esperaba verla para entonces darle un beso y decirle "tranquila muñeca, está todo bien".

Esa noche Amarilla había hecho varias promesas imposibles de cumplir, como era su costumbre. Salió con el pelo mojado a terminarse de arreglar. Parecía como si el agua la hubiera purificado de todas sus culpas, de su indiferencia, del cansancio que le daba la ciudad y del ruido de la gente.

Siempre me lo decía con la cara cansada "-Cuando vos y yo nos casemos, quiero ir a vivir a las montañas, donde nadie nos joda la vida. Donde seamos vos y yo. Nadie más".

Amaba saber que tenía planes conmigo, así fueran imaginarios, aunque siempre en medio de los tragos. A veces nos imaginábamos juntas sembrando árboles, fumando marihuana, caminando por Tigre o por la ciudad de la Costa cerca a Montevideo.

***

El inicio de aquella velada, cuando por fin se unió a su fiesta, fue marcado por un brindis con Martini. Un gringo que nos acompañaba esa noche quiso hacer los honores con su español básico y alzó las copas al coro de un "cheers!".

Estábamos felices de celebrar el reencuentro. Yo me asomaba de reojo a su sonrisa, no quería que lo notara. Entre tanto, la música sonaba a todo volumen, como celebrándonos, como si supera a quien cantaba.

Seguí mirándola desde lejos, como aquella vez en que nos conocimos. Sin embargo, esta noche la habría descubierto dulce, sonriente, tranquila.

Un par de intelectuales aburrían con sus discursos, y si bien pasaba yo un rato agradable, la noche no era como la imaginaba.

Quise que mi mente recreara lo que acontecía y pusiera en evidencia mis deseos y como por arte de magia sucediera lo que esperaba.

Pero no. Amarilla estaba tan concentrada en su gente, que apenas me miraba.

De pronto se sentó junto a mi botando un suspiro, limpiándose la cara y cerrando sus ojos por unos segundos.

No dije nada. La acompañé en silencio. Pensaba que esa canción no era perfecta para nosotras, pero callé porque no quise molestarla. Entonces abrió los ojos y me vio. Dudó por un momento y me dijo "a mi tampoco me gusta esa canción". Entendí que la magia existía y que si éramos capaces de  comunicarnos por telepatía, seríamos capaces de cualquier cosa.

La invité a que se quedara. La tomé de la mano con disimulo mientras las luces tenues alumbraban su cara acompañándola con una delicada sombra en sus ojos.

La conversación y el Martini nos perdieron en una leve estela de vida, de poesía, de magia. El mundo no existía, y entonces nos olvidamos del tiempo.

Nouvelle Vague acompañaba la velada. Amarilla se levantó y con suavidad me invitó a bailar. Nos tomamos por la cintura, acercando la respiración, sonriendo. Nos sentíamos tan cerca que no había mundo con nosotras.

Pasé la punta de mis dedos por el contorno de su cara. Era como si yo inventara un rostro y éste coincidiera exactamente con el suyo: su boca, sus ojos, su pequeña nariz y lo más hermoso, su sonrisa.

Éramos dos esa noche, pero seríamos una sola para el resto de nosotras.

Así nos recuerdo. Así nos extraño. Quisiera devolver el tiempo y revivir ese primer beso que sabía a alcohol, a marihuana y a humo de cigarrillo.

Volver a sus hombros descubiertos y su piel tan fresca. A su aroma cítrico, al sudor de su piel, a lo dulce de sus labios. A su voz que me decía "quedate y no te vayás esta noche, que quiero estar con vos siempre..."

Entonces llegó aquella. Esa que no necesitaba invitación para ir. Me sonrió, tomó de la mano a Amarilla y sin preguntar se la llevó.

Me levanté. Tomé un trago. Salí a la calle lluviosa, tormentosa y oscura y caminé por entre el agua queriendo quitarme su presencia, queriendo no quererla e imaginado no haberla conocido nunca, para que no doliera tanto.

"A veces el amor dura, otras veces solo hace daño", me había dicho un día.

Le pedí a la luna que no me olvidara. Vi las estrellas y recordé a Amarilla ebria, amándome.
La recordé cantando en esas noches frías,
cuando triste se ponía,
ese susurro de canción de la cubana que la hacía llorar.

La vi en el negro de los ojos cerrados, donde sólo se ve a quien se extraña, viendo llover por su ventana cuando se sentía sola y la acompañé desde allí deseándole una plácida noche al lado de aquella que no necesitaba invitación.


domingo, 20 de mayo de 2012

Historia de una prostituta francesa

Supe de su vientre Delgado y transparente el día en que la besé por primera vez.
De repente me dieron ganas de besarla y amarla, porque ya sabes, las putas aman de una manera diferente.

La conocí una noche de licor y excesos. La vi en medio del humo festivo de esa noche siberiana en la que quise salir a amar. Mis deseos se dispersaron con el pasar de las horas viendo cómo el tiempo pasaba en medio de las montañas invisibles de esa Siberia tan blanca, tan silente llena de desconocidos. Ella, mi puta favorita, era una de ellos.

La música sonaba y yo en medio de una ola de desconocidos, la saqué a bailar. Llevaba puesta una camisita que dejaba al aire libre su malicia, su libertad, sus miedos y claro, sus brazos tan blancos y delgados. Le dije, esperando que me entendiera: ¿Quieres casarte conmigo? Ella, siguiendo mis expectativas, sonrió y me ofreció champagne. Bebimos. Fumamos un poco. Me contó esa historia desconocida que solo le contaba a la gente sin pasado y sin futuro como yo, que esa noche era su presente. Ella, en cambio, sería mi presente y mi futuro de ahí en adelante.

Fui tímida pero lanzada. Fumé largo y profundo y le pregunté si podía besarla. Me ignoró y salió a la pista de baile. Yo la observaba, la deseaba con ese bailecito suyo tan sexy, tan atrevido, tan ensimismado. Quise llegar hasta el fondo de sus secretos y de su cuerpo, quise tocarle la parte más íntima y decirle, oye muñeca, está todo bien.

Su nombre retumbaba en mi mente: Katya. Era una prostituta francesa de esas que ya no se ven: violenta, salvaje, fácil de amar. A pesar de haber nacido en el país galo, había vivido gran parte de su vida en aquella pequeña ciudad siberiana, llena de nieve, de gente tan seria, de bifurcaciones, de frío y de alcohol, huyendo de la maldad inadvertida de la gente que se cree buena y no hace nada para demostrarlo.

Se sentó conmigo y antes de hablar la tomé de la cintura, y mirándola a los ojos, le pasé el humo del cigarrillo que estaba fumando. Con esa voluntad fácil de acceder me tomó y fumó de mi boca. Lo que siguió fue un beso de esos que nunca se olvidan: suave, placentero, pecador, infame. Un beso lleno de desesperación. Entonces me contó su historia en su francés tan sensual. Admito, estuve embelesada con el sonido de su voz; con las letras que salían de su boquita, tan pequeña, tan deseable…

Luego de un rato juntas, pidió más champagne. Esta vez me regaló su sonrisa con la que, violando mi tranquilidad, me pidió que fuéramos a su cuarto. Subimos tomadas de la mano. Abrió la puerta y con un gesto indecente me invitó a pasar.

Se desnudó como solo una puta sabe hacerlo. Yo hice lo propio. Lo que siguió fue una noche que pasará a la historia porque esa noche sentí calor en mi piel, sentí el amor más desesperado tocando mi vientre, mi cintura, mis labios, mi intimidad. Le dije ‘oye Katya, ¿por qué no nos escapamos del mundo tú y yo y nos juramos promesas incumplibles para siempre tratar de cumplirlas pero nunca hacerlo?’. Ella me dijo que le prometiera algo y yo le dije te prometo olvidarte todas las noches contigo a mi lado.

¿Cómo iba yo a saber que esta era una promesa difícil de cumplir? Luego de bajar a la pista de baile me prometió que sería siempre mía. Luego vino aquél descarado con pinta de intelectual y se la llevó de mi lado.

Esa noche me sentí desgraciada recordándola. Sentí una soledad infame recorriendo mi cuerpo. Sabía que todo era una promesa sin cumplir, quería tenerla a mi lado. Katya, Katya! Sólo era eso, quería repetir su nombre, nuestros momentos. Volví a ella y le propuse lamerle los brazos. Le lamí el cuerpo con violencia, con pasión. Le pregunté que si le gustaba y soltó una carcajada que me devolvió el alma.

Me sentí criminal, animal. Tuve la delicadeza de morderle los labios para que no se olvidara de mí.
Fuí al bar. Ordené vodka. Bebí viéndola en el fondo de mi copa. Volví a buscarla y había desaparecido.

Quise entonces saltar al vacío, correr por las calles enlodadas de esa ciudad para no sentirme desgarrada por su ausencia. ¿Cómo iba a ser posible dormir a su lado teniéndola tan lejos?

Quedé en silencio al escucharla a lo lejos en los brazos de otro hombre.

Sentí dolor de cabeza y quise vomitar mis sentidos, mi depresión y pretender que sus gemidos no me importaban. Pero no era así. Ella y yo nos pertenecíamos, pero quiso huir en los brazos desnudos de ese otro.

Lo supe cuando la vi entregándole esa mirada con la que me había visto al principio, cuando supe que, por supuesto, era un riesgo para mi conocerla, probar su dulzura, su aroma, su piel, su cama, su cuerpo… en últimas, probar su maldad.

En aquél espacio, tan lleno, pero tan vacío al final, supe que aún no era tiempo de dejarla. Había prometido no hacerlo desde nuestro primer beso. Entonces dibujé su cuerpo en mi mente, en el negro de los ojos cerrados donde se recuerda a quien no se olvida fácilmente; la volví a amar como antes y la deseé en la oscuridad.

Esta historia tendría que tener un desenlace, y no sería otro que uno que nos dejara en paz a las dos.

Me sentí desprotegida y criminal. Fumé como lo hacen los gangsters: con la mirada fija y fría en su objetivo. No quería que ese otro le hablara al oído y la hiciera sentir como alguna vez yo lo había hecho.

Katya era mía, sólo mía. Me sentí posesiva con su aroma y no aguanté verla tan de otro. Lloré con la música que sonaba entonces en su habitación vacía. Cómo olvidar al gran Jimmy Hendrix, con su guitarra rasgada, desolada, triste, melancólica, contando mi historia con tanta solemnidad y soledad, Once I had a Woman.

Lloré con arrepentimiento antes de hacer lo que haría.

Cuando volvió de nuevo, se acostó a mi lado y traté de acariciarla con dulzura. Por allí había empezado todo. Besé sus labios, despidiéndome para siempre. Le dije que la amaba, lloré en su cuerpo y me dio la espalda. Tuvo el descaro de contarme sus aventuras secretas ¿Por qué? Sabíamos que, tal vez, omitir esa parte la hubiera salvado, nos hubiera salvado. Ambas sabíamos de nuestro destino trágico.

La tomé por el cuello, le dije lo siento y ella, con su cara de resignación me dijo hasta siempre. La miré fijamente viendo cómo sus ojos se despedían. Antes de que dejara de respirar, la besé lentamente y de igual manera dejó de respirar, y la calma, como el sonido del mar volvió a aquella habitación, pero no a mi mente.

Antes del amanecer había descansado para siempre en mis brazos. No pude evitarlo. Lloré al verla violentada por la ira, por los celos, por mi inseguridad.

Grité al darme cuenta de su silencio provocado por mi parte más salvaje, por mis celos. Le dije adiós con un vano dejo de arrepentimiento, pero Katya se lo había buscado, lo había pedido a gritos esa noche en que durmió en los brazos de aquél hombre.

Hasta siempre.



Abril 12 de 2012 2.30 pm (Tren Omsk – St Petersburgo, Rusia)

viernes, 17 de febrero de 2012

You Shot Me Down

Oye, María, te estoy pensando en este momento.
Me gustaría estar hablando ahora mismo contigo.
Tomando una cerveza con la etiqueta rota
Y chupar la espuma de la botella disimuladamente
Esperándote mientras vas al baño
Y luego susurrar una canción al viento para que se la lleve y no vuelva más.
(You shot me Down)

Me gustaría ser criminal.
Animal.
Sexual.
Y preguntarte sobre tu dolor.

Luego hablar de literatura y tratar de salvar el mundo desde nuestra mesa.
Y olvidar todo cuando dejemos de hablar.
Y leer a este loco que escribió sobre Amarilla y sobre Max.
Y explicarte lo que se sentí al conocerlo.
¡No sabes lo que sentí al leerlo!

Yo lo amo porque me enseñó sobre mi pasado.
Pero por supuesto tú no sabes eso.
Y yo que te quiero contar mi vida
Y decirte que amé a cierta chica sexy la otra vez
Y la volví a encontrar leyendo este libro.
Y que quise ser animal voraz para reternerla y no olvidar su aroma.
Pero no pude, porque a veces hay cosas que no se pueden, como pretender retener el amor perdido y creer que volverá.

Me gustaría mirarte tus ojitos y tus labios.
Y perderme allí por un momento.
E imaginar cómo sería verte bailar un tango en frente de mi
Y luego recibirte en mis brazos
Y besarte.
Siempre he querido besarte, ya te lo he dicho.
Y compartir contigo una cama
Y mirarte. Solo mirarte.

Me gusta tu voz
Y como pronuncias las letras finales de cada palabra.
Y la forma que tus labios se ponen para pronunciarlas.

Y luego tu sonrisa, María.

¿Sabes lo que sentí el primer día que la vi?
Me sentí feliz de tenerte cerca. Fue una felicidad diferente.
Tuve un acceso caótico de euforia por ella.
Quise narcotizar mi sangre y mi cerebro para retenerla.
Quise lanzarme sobre ti y morderte la sonrisa,
Morderte el pensamiento, la voz y el sabor de tus entrañas.

Luego te callaste y miré ese huesito que te queda tan bien al lado de tu cuello.
Y quise quedarme a vivir allí por un tiempo
Cantándote suavecito“You Shoot Me Down, Baby”.
Y disfrutando de tu aroma.
Y tus momentos difíciles.
Y tus lágrimas cuando las tienes.

Oye María, me parece que la manera como te quiero es deseándote
Queriéndote con palabras.
Con mis letras.
Esperando ese momento difícil para volverte a hablar.

Me gustaría tocarte toda la vida
Y ser tu… lo que sea.
Me gustaría escribirte poemas de amor lo suficientemente hermosos como para enamorarte
Para que decidieras quedarte conmigo.
Para que me pienses 24 – siete todo el mes.
Para que me extrañes mientras estoy en Rusia, en Moscú, en San Petersburgo, o cuando me vaya de aquí y esté donde sea
A unos 12 mil kilómetros de distancia
Pensándote a la 1.30 de la mañana
Siendo feliz por algunos asuntos
Y aburrida porque te quiero en mi cama en este momento.

Oye, María, You shot me down.