Supe de su vientre Delgado y transparente el día en que la besé por primera vez.
De repente me dieron ganas de besarla y amarla, porque ya sabes, las putas aman de una manera diferente.
La conocí una noche de licor y excesos. La vi en medio del humo festivo de esa noche siberiana en la que quise salir a amar. Mis deseos se dispersaron con el pasar de las horas viendo cómo el tiempo pasaba en medio de las montañas invisibles de esa Siberia tan blanca, tan silente llena de desconocidos. Ella, mi puta favorita, era una de ellos.
La música sonaba y yo en medio de una ola de desconocidos, la saqué a bailar. Llevaba puesta una camisita que dejaba al aire libre su malicia, su libertad, sus miedos y claro, sus brazos tan blancos y delgados. Le dije, esperando que me entendiera: ¿Quieres casarte conmigo? Ella, siguiendo mis expectativas, sonrió y me ofreció champagne. Bebimos. Fumamos un poco. Me contó esa historia desconocida que solo le contaba a la gente sin pasado y sin futuro como yo, que esa noche era su presente. Ella, en cambio, sería mi presente y mi futuro de ahí en adelante.
Fui tímida pero lanzada. Fumé largo y profundo y le pregunté si podía besarla. Me ignoró y salió a la pista de baile. Yo la observaba, la deseaba con ese bailecito suyo tan sexy, tan atrevido, tan ensimismado. Quise llegar hasta el fondo de sus secretos y de su cuerpo, quise tocarle la parte más íntima y decirle, oye muñeca, está todo bien.
Su nombre retumbaba en mi mente: Katya. Era una prostituta francesa de esas que ya no se ven: violenta, salvaje, fácil de amar. A pesar de haber nacido en el país galo, había vivido gran parte de su vida en aquella pequeña ciudad siberiana, llena de nieve, de gente tan seria, de bifurcaciones, de frío y de alcohol, huyendo de la maldad inadvertida de la gente que se cree buena y no hace nada para demostrarlo.
Se sentó conmigo y antes de hablar la tomé de la cintura, y mirándola a los ojos, le pasé el humo del cigarrillo que estaba fumando. Con esa voluntad fácil de acceder me tomó y fumó de mi boca. Lo que siguió fue un beso de esos que nunca se olvidan: suave, placentero, pecador, infame. Un beso lleno de desesperación. Entonces me contó su historia en su francés tan sensual. Admito, estuve embelesada con el sonido de su voz; con las letras que salían de su boquita, tan pequeña, tan deseable…
Luego de un rato juntas, pidió más champagne. Esta vez me regaló su sonrisa con la que, violando mi tranquilidad, me pidió que fuéramos a su cuarto. Subimos tomadas de la mano. Abrió la puerta y con un gesto indecente me invitó a pasar.
Se desnudó como solo una puta sabe hacerlo. Yo hice lo propio. Lo que siguió fue una noche que pasará a la historia porque esa noche sentí calor en mi piel, sentí el amor más desesperado tocando mi vientre, mi cintura, mis labios, mi intimidad. Le dije ‘oye Katya, ¿por qué no nos escapamos del mundo tú y yo y nos juramos promesas incumplibles para siempre tratar de cumplirlas pero nunca hacerlo?’. Ella me dijo que le prometiera algo y yo le dije te prometo olvidarte todas las noches contigo a mi lado.
¿Cómo iba yo a saber que esta era una promesa difícil de cumplir? Luego de bajar a la pista de baile me prometió que sería siempre mía. Luego vino aquél descarado con pinta de intelectual y se la llevó de mi lado.
Esa noche me sentí desgraciada recordándola. Sentí una soledad infame recorriendo mi cuerpo. Sabía que todo era una promesa sin cumplir, quería tenerla a mi lado. Katya, Katya! Sólo era eso, quería repetir su nombre, nuestros momentos. Volví a ella y le propuse lamerle los brazos. Le lamí el cuerpo con violencia, con pasión. Le pregunté que si le gustaba y soltó una carcajada que me devolvió el alma.
Me sentí criminal, animal. Tuve la delicadeza de morderle los labios para que no se olvidara de mí.
Fuí al bar. Ordené vodka. Bebí viéndola en el fondo de mi copa. Volví a buscarla y había desaparecido.
Quise entonces saltar al vacío, correr por las calles enlodadas de esa ciudad para no sentirme desgarrada por su ausencia. ¿Cómo iba a ser posible dormir a su lado teniéndola tan lejos?
Quedé en silencio al escucharla a lo lejos en los brazos de otro hombre.
Sentí dolor de cabeza y quise vomitar mis sentidos, mi depresión y pretender que sus gemidos no me importaban. Pero no era así. Ella y yo nos pertenecíamos, pero quiso huir en los brazos desnudos de ese otro.
Lo supe cuando la vi entregándole esa mirada con la que me había visto al principio, cuando supe que, por supuesto, era un riesgo para mi conocerla, probar su dulzura, su aroma, su piel, su cama, su cuerpo… en últimas, probar su maldad.
En aquél espacio, tan lleno, pero tan vacío al final, supe que aún no era tiempo de dejarla. Había prometido no hacerlo desde nuestro primer beso. Entonces dibujé su cuerpo en mi mente, en el negro de los ojos cerrados donde se recuerda a quien no se olvida fácilmente; la volví a amar como antes y la deseé en la oscuridad.
Esta historia tendría que tener un desenlace, y no sería otro que uno que nos dejara en paz a las dos.
Me sentí desprotegida y criminal. Fumé como lo hacen los gangsters: con la mirada fija y fría en su objetivo. No quería que ese otro le hablara al oído y la hiciera sentir como alguna vez yo lo había hecho.
Katya era mía, sólo mía. Me sentí posesiva con su aroma y no aguanté verla tan de otro. Lloré con la música que sonaba entonces en su habitación vacía. Cómo olvidar al gran Jimmy Hendrix, con su guitarra rasgada, desolada, triste, melancólica, contando mi historia con tanta solemnidad y soledad, Once I had a Woman.
Lloré con arrepentimiento antes de hacer lo que haría.
Cuando volvió de nuevo, se acostó a mi lado y traté de acariciarla con dulzura. Por allí había empezado todo. Besé sus labios, despidiéndome para siempre. Le dije que la amaba, lloré en su cuerpo y me dio la espalda. Tuvo el descaro de contarme sus aventuras secretas ¿Por qué? Sabíamos que, tal vez, omitir esa parte la hubiera salvado, nos hubiera salvado. Ambas sabíamos de nuestro destino trágico.
La tomé por el cuello, le dije lo siento y ella, con su cara de resignación me dijo hasta siempre. La miré fijamente viendo cómo sus ojos se despedían. Antes de que dejara de respirar, la besé lentamente y de igual manera dejó de respirar, y la calma, como el sonido del mar volvió a aquella habitación, pero no a mi mente.
Antes del amanecer había descansado para siempre en mis brazos. No pude evitarlo. Lloré al verla violentada por la ira, por los celos, por mi inseguridad.
Grité al darme cuenta de su silencio provocado por mi parte más salvaje, por mis celos. Le dije adiós con un vano dejo de arrepentimiento, pero Katya se lo había buscado, lo había pedido a gritos esa noche en que durmió en los brazos de aquél hombre.
Hasta siempre.
De repente me dieron ganas de besarla y amarla, porque ya sabes, las putas aman de una manera diferente.
La conocí una noche de licor y excesos. La vi en medio del humo festivo de esa noche siberiana en la que quise salir a amar. Mis deseos se dispersaron con el pasar de las horas viendo cómo el tiempo pasaba en medio de las montañas invisibles de esa Siberia tan blanca, tan silente llena de desconocidos. Ella, mi puta favorita, era una de ellos.
La música sonaba y yo en medio de una ola de desconocidos, la saqué a bailar. Llevaba puesta una camisita que dejaba al aire libre su malicia, su libertad, sus miedos y claro, sus brazos tan blancos y delgados. Le dije, esperando que me entendiera: ¿Quieres casarte conmigo? Ella, siguiendo mis expectativas, sonrió y me ofreció champagne. Bebimos. Fumamos un poco. Me contó esa historia desconocida que solo le contaba a la gente sin pasado y sin futuro como yo, que esa noche era su presente. Ella, en cambio, sería mi presente y mi futuro de ahí en adelante.
Fui tímida pero lanzada. Fumé largo y profundo y le pregunté si podía besarla. Me ignoró y salió a la pista de baile. Yo la observaba, la deseaba con ese bailecito suyo tan sexy, tan atrevido, tan ensimismado. Quise llegar hasta el fondo de sus secretos y de su cuerpo, quise tocarle la parte más íntima y decirle, oye muñeca, está todo bien.
Su nombre retumbaba en mi mente: Katya. Era una prostituta francesa de esas que ya no se ven: violenta, salvaje, fácil de amar. A pesar de haber nacido en el país galo, había vivido gran parte de su vida en aquella pequeña ciudad siberiana, llena de nieve, de gente tan seria, de bifurcaciones, de frío y de alcohol, huyendo de la maldad inadvertida de la gente que se cree buena y no hace nada para demostrarlo.
Se sentó conmigo y antes de hablar la tomé de la cintura, y mirándola a los ojos, le pasé el humo del cigarrillo que estaba fumando. Con esa voluntad fácil de acceder me tomó y fumó de mi boca. Lo que siguió fue un beso de esos que nunca se olvidan: suave, placentero, pecador, infame. Un beso lleno de desesperación. Entonces me contó su historia en su francés tan sensual. Admito, estuve embelesada con el sonido de su voz; con las letras que salían de su boquita, tan pequeña, tan deseable…
Luego de un rato juntas, pidió más champagne. Esta vez me regaló su sonrisa con la que, violando mi tranquilidad, me pidió que fuéramos a su cuarto. Subimos tomadas de la mano. Abrió la puerta y con un gesto indecente me invitó a pasar.
Se desnudó como solo una puta sabe hacerlo. Yo hice lo propio. Lo que siguió fue una noche que pasará a la historia porque esa noche sentí calor en mi piel, sentí el amor más desesperado tocando mi vientre, mi cintura, mis labios, mi intimidad. Le dije ‘oye Katya, ¿por qué no nos escapamos del mundo tú y yo y nos juramos promesas incumplibles para siempre tratar de cumplirlas pero nunca hacerlo?’. Ella me dijo que le prometiera algo y yo le dije te prometo olvidarte todas las noches contigo a mi lado.
¿Cómo iba yo a saber que esta era una promesa difícil de cumplir? Luego de bajar a la pista de baile me prometió que sería siempre mía. Luego vino aquél descarado con pinta de intelectual y se la llevó de mi lado.
Esa noche me sentí desgraciada recordándola. Sentí una soledad infame recorriendo mi cuerpo. Sabía que todo era una promesa sin cumplir, quería tenerla a mi lado. Katya, Katya! Sólo era eso, quería repetir su nombre, nuestros momentos. Volví a ella y le propuse lamerle los brazos. Le lamí el cuerpo con violencia, con pasión. Le pregunté que si le gustaba y soltó una carcajada que me devolvió el alma.
Me sentí criminal, animal. Tuve la delicadeza de morderle los labios para que no se olvidara de mí.
Fuí al bar. Ordené vodka. Bebí viéndola en el fondo de mi copa. Volví a buscarla y había desaparecido.
Quise entonces saltar al vacío, correr por las calles enlodadas de esa ciudad para no sentirme desgarrada por su ausencia. ¿Cómo iba a ser posible dormir a su lado teniéndola tan lejos?
Quedé en silencio al escucharla a lo lejos en los brazos de otro hombre.
Sentí dolor de cabeza y quise vomitar mis sentidos, mi depresión y pretender que sus gemidos no me importaban. Pero no era así. Ella y yo nos pertenecíamos, pero quiso huir en los brazos desnudos de ese otro.
Lo supe cuando la vi entregándole esa mirada con la que me había visto al principio, cuando supe que, por supuesto, era un riesgo para mi conocerla, probar su dulzura, su aroma, su piel, su cama, su cuerpo… en últimas, probar su maldad.
En aquél espacio, tan lleno, pero tan vacío al final, supe que aún no era tiempo de dejarla. Había prometido no hacerlo desde nuestro primer beso. Entonces dibujé su cuerpo en mi mente, en el negro de los ojos cerrados donde se recuerda a quien no se olvida fácilmente; la volví a amar como antes y la deseé en la oscuridad.
Esta historia tendría que tener un desenlace, y no sería otro que uno que nos dejara en paz a las dos.
Me sentí desprotegida y criminal. Fumé como lo hacen los gangsters: con la mirada fija y fría en su objetivo. No quería que ese otro le hablara al oído y la hiciera sentir como alguna vez yo lo había hecho.
Katya era mía, sólo mía. Me sentí posesiva con su aroma y no aguanté verla tan de otro. Lloré con la música que sonaba entonces en su habitación vacía. Cómo olvidar al gran Jimmy Hendrix, con su guitarra rasgada, desolada, triste, melancólica, contando mi historia con tanta solemnidad y soledad, Once I had a Woman.
Lloré con arrepentimiento antes de hacer lo que haría.
Cuando volvió de nuevo, se acostó a mi lado y traté de acariciarla con dulzura. Por allí había empezado todo. Besé sus labios, despidiéndome para siempre. Le dije que la amaba, lloré en su cuerpo y me dio la espalda. Tuvo el descaro de contarme sus aventuras secretas ¿Por qué? Sabíamos que, tal vez, omitir esa parte la hubiera salvado, nos hubiera salvado. Ambas sabíamos de nuestro destino trágico.
La tomé por el cuello, le dije lo siento y ella, con su cara de resignación me dijo hasta siempre. La miré fijamente viendo cómo sus ojos se despedían. Antes de que dejara de respirar, la besé lentamente y de igual manera dejó de respirar, y la calma, como el sonido del mar volvió a aquella habitación, pero no a mi mente.
Antes del amanecer había descansado para siempre en mis brazos. No pude evitarlo. Lloré al verla violentada por la ira, por los celos, por mi inseguridad.
Grité al darme cuenta de su silencio provocado por mi parte más salvaje, por mis celos. Le dije adiós con un vano dejo de arrepentimiento, pero Katya se lo había buscado, lo había pedido a gritos esa noche en que durmió en los brazos de aquél hombre.
Hasta siempre.
Abril 12 de 2012 2.30 pm (Tren Omsk – St Petersburgo, Rusia)