viernes, 29 de julio de 2016

Un día largo de trabajo

El camino a casa después de un viaje era el más duro de todos.

No importaba la naturaleza o el balance final del viaje, simplemente el regreso a casa era triste, o pesado, o difícil.

Volver a casa después era siempre una vaina muy jodida.

Era lunes a media noche y recién regresaba a casa; lo único que quería era darme un break de mí misma; de mi cabeza, de mi caos.

Pensé en G y la tristeza o el malestar me embargaron. Pensé en L y un escalofrío me recorrió el cuerpo: no sé exactamente en dónde empezó, pero lo sentí en el corazón, en el estómago y en la mitad de mis piernas. Me di cuenta que no estaba lista para volver. No después de esto.

Yo amaba a G, pero deseaba a L.

Dudaba esa noche en volver a casa y tener que mentirle tan descaradamente a G.

Subí las escaleras esperando demorarme más de lo que hacía el tan veloz y siempre servicial ascensor.

Subí con el peso de la gravedad en los hombros. Me demoré en las escaleras tratando de escuchar los ruiditos de mis vecinos. Sentía que quería desandar mis pasos antes de subir a esa casa que olía a viejo, a madera y a humedad y cemento fresco y a guardado.

Recordé la casa aquella en Roma donde paré la otra vez por unos días con ese olor tan característico que también me recordaba mi casa en Buenos Aires... Pero esa es otra historia.

Subí uno, dos pisos; 30, 40 escalones, una vida completa. Busqué las llaves en mi siempre caótico bolso donde nunca hay nada pero siempre está todo.

Dudé. Jugué por un segundo con las llaves dibujando mis pensamientos con ellas y al fin entré con un suspiro a ese lugar que esperaba encontrar solo.

G apareció envuelta en una nube de humo blanco espeso, como melancólico. Dijo que me había estado esperando porque no aguantó la soledad de su casa y le tocó venir. G hablaba y yo la miraba con ganas de que se callara, con ganas de que se fuera, con ganas de que no estuviera ahí.

L y yo nos chupamos los dedos, nos comimos las ganas; yo le mordí la cara, la lengua, la boca; le pasé la lengua por el centro de su cuerpo transparente y la besé en lugares inhóspitos de su cuerpo.

Le cogí la cara y le susurré al oído algo que sólo ella y yo sabemos.

-¿Le gusta, muñeca?

Nos besamos. Nos besamooooos. N O S B E S A M O S…

L me sonrió y me dijo estátodomuybien,muñeca, y yo le devolví la sonrisa. Éramos amantes pero sobre todo cómplices.

Me miró con cara de qué le va a decir a G y yo sólo atiné a morderle la boca, morderle el aliento y abrirle la puerta por donde el alma le salía del cuerpo. Nuestros gemidos se perdían en la noche oscura y cálida.

L me mordió, me chupó, me comió la vida. Se comió mis dedos llenos de su sabor. Me sonreía con esa sonrisa tan de ella que siempre me gusta. Me derretía saberla tan sexy.

Siguió mostrándome por un rato cómo se ama con toda la lujuria rebosando nuestra piel.

Dueña de sí misma —como siempre— la sentí gozar y venirse salvaje, animal, complacida. Éramos dos luchando contra el deseo, siguiéndolo, dejando que hiciera lo que le diera la gana con nosotras que ya no éramos nuestras dueñas.

L era esa noche lo que yo quería que fuera. Fuimos lo que quisimos. Amantes, amigas, cómplices, putas… cualquier cosa.

Respiramos frente a frente sonriéndonos con la mirada, en silencio, envueltas en las sábanas y con la vida más revuelta que nunca.

Al rato se paró un momento y yo quedé con las manos abiertas pegadas al colchón. Al volver a mi lado, intentaba dormir o cantar para romper la rareza del momento. Me ofreció su mano y yo se la tomé mirándola, con ganas de que nadie más dijera nada.

Es como si por un momento hubiéramos estado hechizadas y luego quedamos en una estela de silencio.

- …
- …
- …
- … ya no podemos deshacerlo
- …
- ¿Qué le va a decir a G?
- Que fue un día largo de trabajo.