Mis heridas me acercaron a ti. Ese día, el coctel explosivo de licor, un poco de drogas y cicatrices del pasado nos atrajeron con la fuerza de mil imanes a una conversación cruda.
- ¿Qué te pasó ahí?
Silencio.
Me miraste con la mirada que explica todo. Una voz incómoda a tu lado que se negaba a callarse para evitar ser invisible dijo que te habías caído de un caballo y por eso tenías tantas cicatrices, pero tu mirada me dijo algo más, Sam, me explicó que cosas pasan, que a veces el dolor se lleva por dentro, que la vida no siempre es justa pero que siempre duele, sin falla. Y yo dibujé el contorno de tus heridas con mis dedos y las detallé como quien detalla una imperfección.
- Eres perfecta, ¿sabes, no?
Eso lo dije mirándote a los ojos. Diciéndote, con mi mirada, que yo sabía de qué se trataban esas heridas y luego agregué en un susurro en tu oído, que todo iba a estar bien, que por más que duela la vida, al final te levantes y respiras. Pero lo que no fui capaz de decir es que no siempre va a ser así. Pero callé y seguí acariciando con mi piel esas líneas muertas que atravesaban tus muñecas, tus brazos; esas líneas que decían más de tu historia, que lo poco que había conocido las últimas semanas.
Me mirabas impávida, con vacío en los ojos. Yo quería conocerte, saber quién eras. Te pregunté que de qué huías y sonreíste cuando te viste atrapada en una sinsalida. Te dije que qué hacías allí, atrapada en un trabajo barato, y me dijiste que es que te gusta y que estabas haciendo con amor. No lo dudé, pero fue ahí que descubrí la cara de la rebeldía intentando dar bofetadas a todo el que te quisiera joder.
Yo seguía deslumbrada con esas líneas blancas en tus brazos y de pronto me sorprendiste con un salto hacia mi boca gimiendo de placer mientras nos besábamos. Tú encima mío, Sam, sin límites ni barreras entre nosotras, agarrada en una carrera contra el tiempo mientras yo sonreía y te preguntaba qué hacías. Respondiste con más besos, mordiscos, lamidas, mientras nos quitábamos la ropa. Sonreías. Sonreíamos, Sam y yo con esas ganas de decirte que te daba todo en ese momento, pero callé para no interrumpirnos las babas y las ganas, tu sexo húmedo dándome placer en medio de una casa incendiada que éramos las dos para ese momento. Te besé las heridas. Te besé los gemidos y te mordí la vida.
A partir de aquí no hubo marcha atrás para mi, pero tú, sin límites, querías más adrenalina. Entonces te vi irte a la cama con aquella otra voz que se creía tu dueña. Bajaste la mirada cuando te miré. Bajé la mirada al verte ir.
Salí destrozada, aún con el rastro del (des)amor y el licor haciendo estragos en mi; caminé por las calles más lejanas de mi casa en las que había estado, con el corazón más herido que tus heridas, por tus heridas. Pensé en tu dolor y lo abracé. Podía soportar algo de esto luego de esa mañana que quedó en lo que fue: ser lo que fuimos.