Como cortazar, escribo porque me parece justo enterar y porque me gusta escribir cartas y tal vez porque llueve. Mi vida no es otra más que una influenciada por los textos oscuros de Escritores Malditos como Franco, Cortazar, Caicedo… Chaparro, tal vez Medina Reyes, que me dicen que todo estará bien aunque un poco húmedo, un poco oscuro, un poco cuadrado, un poco frito.
Me siento tentada a hablar sobre mi amor a la música, pero sé que son más importantes los sonidos que se forman con las letras que tecleo en las noches sin inspiración, esas noches que como hoy, me recuerdan la presencia de esa quien pasó por aquí y ahora solo está ida; de aquella que habita en el recuerdo de un pasado vivido en los Aires al son de una bola de plástico que se imaginaba como de cristal. Estoy esta noche fría con un poco de lluvia pensando en el humo de un cigarrillo que se desvanece en mis manos, ese humo enfermizo que contagia la ciudad y la vuelve color smog, el mismo humo que tiempo atrás me acompañaba en mis largas caminatas por una ciudadela Universitaria donde hombrecitos con ínfulas de intelectuales pretendían enseñar el arte de las letras bajo la etiqueta de Periodismo; me pienso también en medio de un Campus (que es la forma como los Snobs le dicen a un lugar en medio de la nada) donde intenté aprender a escribir, pero al parecer, lo único que hice fue vislumbrar por la ventana de los grandes edificios Sabaneros los árboles y los sueños que habían más allá del lejano horizonte, descubriendo una razón, un sentimiento, un punto de partida para empezar a vivir y a ser quien quiero ser.
Es un poco atrevido resumir una vida en tan pocas palabras, más aún una vida que no tiene mayor atractivo que la de querer escribir y ser leída, de ser aprendida y querer volar y viajar a través de las letras que son mi único consuelo en momentos en los que a pesar de que hay luna, la noche no me pertenece por estar lejana, oscura, tapada.
Vivo en Bogotá: Bogotá la fría, Bogotá la insípida, Bogotá la ruidosa, la irreflexiva, la amada y dañada. La misma que esconde en su regazo tanta maldad como belleza. Esa ciudad que invita al pecado después de las 8 de la noche y que es ciega ante los crímenes perfectos que los amantes prohibidos cometen a la luz de la luna que no tiene ojos, pero lo ve todo.
Mi historia no empieza con “Érase una vez” porque no soy una princesa, sólo soy una persona sin rótulos, ni etiquetas, con un solo objetivo: amar, escribir y ser leída por el lector desprevenido que no quiere ser una gran persona sino que sólo quiere vivir y ser capaz de reconocer en las letras ocultas de una escritora anónima, la vida y la sencillez de un punto final.
Por: Melissa Velásquez Loaiza