Cierto día habíamos hecho un pacto: caminar hacia adelante sin preguntar por qué. Ese día supe que era el inicio de un camino peligroso, pero atrevido, algo divertido, con formas sin establecer, con colores y sabores que aún no conocía.
Siempre había querido jugar este jueguito. Esta vez, fui yo quien había accedido, quien dijo sí a todo lo que me propuso.
Una tarde, que pasaría a mi memoria por el resto de mi vida, me pidió que saliéramos. Ese día, la Ciudad era una masa flotante de desidia en un sábado soleado.
Para cumplir su cita, caminé para llegar al punto de encuentro lo más pronto posible. Mientras el calor sofocante hacía sudar mi piel debajo de la chaqueta, pensé en la posibilidad de parar ese absurdo ahí y ahora. Examiné en mi mente sus gestos, examiné el sentimiento de verme alejada de sus besos. Me paralicé y decidí seguir mintiendo antes de tener que dejarnos.
A la hora del encuentro, me tomó de la mano y, sin decir nada, supe a dónde me llevaría: siempre lo hacía cuando quería embriagarse a punta de naturaleza, cuando deseaba perder la cabeza por unos minutos, cuando quería hablar sin sentirse responsable de ello.
Sin enterder la razón, supe que esa tarde iba a ser diferente. Su semblante era hermoso, como siempre, pero esta vez con un hálito de desazón que me indicaba que algo estaba por suceder. Me preparé con unos ojos vidriosos, tal vez pidiendo inconscientemente que no pasara lo inevitable.
Fumó largo y prolongado. Sopló el humo narcotizado luego de una larga espera. Miró al cielo y luego a mí, directo a los ojos. Bajé la mirada.
- Esto se te salió de las manos. Ya no puedo más. - Su sequedad me dejaba fría, me enfermaba...
El pacto de nuestra existencia se centraba en no enamorarse, en no sentir, en no dejar que pasara nada, sólamente eramos compañía, estábamos para estar, nada más.
Con tres frases me explicó que era mejor dejarlo así. Nada volvería a ser como antes.
Me pidió que siguiera mi vida y yo, desde un universo paralelo, le grité que no podía, no sin ella...
Anochecía y en mi mente pasaban las muchas veces en que, mientras la luna se llenaba, pretendíamos mostrar una amistad. Cantábamos, nos embriagábamos, respirábamos cerca, con el cómplice cielo negro ... Cerrábamos los ojos y prentendíamos ser ♪♫ Just friends...Just friends...♪♫'
Entonces, perdida, me levanté a buscar un rumbo, una respuesta al vacío de la soledad. Busqué letras criminales que me llevaran por la noche que yacía más perdida que yo... cerré mis ojos y supe que ella estaba en el negro de los ojos cerrados, no donde se ve la gente, sino en donde se siente: en la mitad del pecho y del cerebro. La sentí en la respiración como un nudo en la garganta ahogando a quien extraña, a quien se muere, a quien ha sido mandado a la mierda, a quien ha sido destinado al olvido.