Te quiero y ese sin sentido de las cosas me hace retornar a ti cuando estoy sola. Cuando no pienso. Cuando hago introspección. Cuando siento que te quiero más que nunca.
Te quiero, pero mucho más que de costumbre en las letras airadas de esta conversación.
Te amo, pero mucho más que cuando te conocí, que cuando te amé en el pasado y que cuando hice siluetas de tu cuerpo con mis dedos desde la distancia y la oscuridad.
Te extraño, pero mucho más que siempre que me siento en la soledad de mis pensamientos a pensar en el pasado de nuestro encuentro y nuestros momentos compartidos.
Te quiero porque eres tú y porque eres a quien quiero y no hay recuerdo más lindo que tu rostro y tu presencia.
Te quiero, con fantasías o sin ellas. Siempre te quiero...
"... Escribo porque me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas y tal vez porque llueve..." J. Cortazar
sábado, 12 de febrero de 2011
miércoles, 2 de febrero de 2011
Viaje sin Regreso
A Krito...
Al abrir los ojos sintió un vacío que le recordaba la añoranza profunda de volver al pasado. Era octubre. Era viernes. Era de mañana.
- Ya es de mañana. Dijo
Con el peso del vacío y los ojos cerrados por el recuerdo, se levantó y como rutinariamente, hizo lo que debía hacer todos los días antes de salir a trabajar. Todo era igual, incluso el dolor.
Una vez en la calle, caminó rápidamente hacia su lugar, ese lugar que le calmaba las ansias y le aumentaba el presupuesto. Mientras caminaba hizo una pausa y miró a lo lejos el recuerdo de aquél que se había quedado con una parte de ella y se rehusaba a devolvérsela.
Desde esa distancia recordó cómo se siente el amor, vivió de nuevo un momento de lucidez y repentinamente recordó, a pesar de su dolor, ese sentimiento que le devolvió la vida a través de un suspiro. Supo cómo era sentir alivio y vivió de nuevo el momento más feliz de su vida cuando a los ojos de un atardecer llanero, un poco fresco, un poco bochornoso, éste daba su visto bueno a esta escena que ni el frío de la Bogotá lejana ni el tiempo podrían borrar del recuerdo eterno.
Esa tarde, el cielo lejano y naranja brillaba más que de costumbre. No supieron si era por complicidad o fue pura casualidad. En todo caso, aún sin importar el refugio sin comodidades en el que estaban, juntos se estaban ahí sentados en las barandas limítrofes de la choza, de cara al cielo y en silencio escuchando, sin nada más que su compañía y algunas bebidas frías para mitigar la sed.
Ella, con sus manos puestas en la baranda respiraba con disimulada dificultad, mientras él inventaba motivos para romper el hielo, aunque al final no fuera necesario porque el suave cántico de un pájaro de colores que sonó a lo lejos les advirtió la razón de su soledad.
Él, con decisión la miró a los ojos. Ella lo esquivó. Él movió con lentitud su cuerpo y cuando menos lo esperó llegó a su mano tan suave, tan pequeña, tan blanca, tan ella. Su contacto la erizó y la obligó a mirarlo fijamente con una pregunta implícita en sus ojos.
Sonrieron y sus pieles se envolvieron con un resplandor solar mágico que los sacó de este mundo para llevarlos a uno más íntimo: ese mundo privado del amor.
Entonces, los dedos tímidos y prudentes de él la acariciaron en aquél lugar donde los sentidos y colores parecían envolverse hasta desaparecer en un suspiro. Él dibujaba su silueta con sus dedos y suavemente inhalaba el hálito dulce de ella, que lo envolvía en una discreción que lo embriagaba. Por fin, ya sin ninguna contención la besó, la abrazó con ternura, con amor, con pasión en ese lugar que sabía la volvía vulnerable: su cuello. Ella no aguantaba más. Sabía que eso que sentía tan fuerte en el pecho se le iba a escapar con un suspiro y no atinaba a describirlo con sus palabras. Lo único que podía decir para evitar una explosión interna lo dijo con tal seguridad que una vez dicho, se sintió tranquila, plena, feliz:
- T-E A-M-O
Él, perdido en su voz y la belleza de sus palabras, la amo mucho más en ese momento y con un beso y una caricia le devolvió las palabras y le dijo tranquila bonita, te amaré por siempre…
Esas palabras se desvanecieron en un eco que retumbó en su corazón cuando el pito de un carro la devolvió a la ciudad de dios inserta en el mundo de los delirios y absurdos que la obligaba a volver de un viaje sin regreso, a no volver a amar y a olvidar el amor que estaba segura iba a sentir siempre. Por siempre.
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