miércoles, 29 de septiembre de 2021

Para SAM

 Mis heridas me acercaron a ti. Ese día, el coctel explosivo de licor, un poco de drogas y cicatrices del pasado nos atrajeron con la fuerza de mil imanes a una conversación cruda.

- ¿Qué te pasó ahí? 

Silencio. 

Me miraste con la mirada que explica todo. Una voz incómoda a tu lado que se negaba a callarse para evitar ser invisible dijo que te habías caído de un caballo y por eso tenías tantas cicatrices, pero tu mirada me dijo algo más, Sam, me explicó que cosas pasan, que a veces el dolor se lleva por dentro, que la vida no siempre es justa pero que siempre duele, sin falla. Y yo dibujé el contorno de tus heridas con mis dedos y las detallé como quien detalla una imperfección. 

- Eres perfecta, ¿sabes, no?

Eso lo dije mirándote a los ojos. Diciéndote, con mi mirada, que yo sabía de qué se trataban esas heridas y luego agregué en un susurro en tu oído, que todo iba a estar bien, que por más que duela la vida, al final te levantes y respiras. Pero lo que no fui capaz de decir es que no siempre va a ser así. Pero callé y seguí acariciando con mi piel esas líneas muertas que atravesaban tus muñecas, tus brazos; esas líneas que decían más de tu historia, que lo poco que había conocido las últimas semanas. 

Me mirabas impávida, con vacío en los ojos. Yo quería conocerte, saber quién eras. Te pregunté que de qué huías y sonreíste cuando te viste atrapada en una sinsalida. Te dije que qué hacías allí, atrapada en un trabajo barato, y me dijiste que es que te gusta y que estabas haciendo con amor. No lo dudé, pero fue ahí que descubrí la cara de la rebeldía intentando dar bofetadas a todo el que te quisiera joder. 

Yo seguía deslumbrada con esas líneas blancas en tus brazos y de pronto me sorprendiste con un salto hacia mi boca gimiendo de placer mientras nos besábamos. Tú encima mío, Sam, sin límites ni barreras entre nosotras, agarrada en una carrera contra el tiempo mientras yo sonreía y te preguntaba qué hacías. Respondiste con más besos, mordiscos, lamidas, mientras nos quitábamos la ropa. Sonreías. Sonreíamos, Sam y yo con esas ganas de decirte que te daba todo en ese momento, pero callé para no interrumpirnos las babas y las ganas, tu sexo húmedo dándome placer en medio de una casa incendiada que éramos las dos para ese momento. Te besé las heridas. Te besé los gemidos y te mordí la vida. 

A partir de aquí no hubo marcha atrás para mi, pero tú, sin límites, querías más adrenalina. Entonces te vi irte a la cama con aquella otra voz que se creía tu dueña. Bajaste la mirada cuando te miré. Bajé la mirada al verte ir. 

Salí destrozada, aún con el rastro del (des)amor y el licor haciendo estragos en mi; caminé por las calles más lejanas de mi casa en las que había estado, con el corazón más herido que tus heridas, por tus heridas. Pensé en tu dolor y lo abracé. Podía soportar algo de esto luego de esa mañana que quedó en lo que fue: ser lo que fuimos.


martes, 13 de julio de 2021

Instrucciones para volver

No nos dimos instrucciones para volver por si algún día quisiéramos o necesitáramos hacerlo. 

Qué tal si algún día dijéramos de un golpe en el pecho que queremos volver. No para amar, ni para sufrir, tampoco para esperar nada. Solo para volver. Volver a tomar un jugo de dragón y otro de naranja y hablar tú con tus ojos pintados de coral y yo mirándote el gesto de arrugar la frente mientras sonríes, escuchándote las historias que no conozco. 

No tenemos las instrucciones para volver más que una canción —que dudo vuelva a sonar o vuelvas a poner— y un par de emojis, que no estoy muy segura de que podamos entender sin contexto. Es muy pronto para pensar volver cuando apenas nos dijimos adiós. Es imposible, pienso, en que quieras volver cuando pediste tiempo y distancia.

Aquí van, simples, las instrucciones de cómo volver a mi. 

1. Abre Twitter o Gmail. 

2. Escribe un emoji. Entre más random, mucho mejor.

3. Escribe algo que solo las dos sepamos. P.E. (10 limones o llevar un bulto de madera húmeda al monte... o lo que se te ocurra. Hay tanto por contar). 

4. Dime qué quieres volver. 

5. Pulsa enviar.


Eso es todo, Gato. Eso es todo. 

miércoles, 25 de abril de 2018

La habitación 302

París es una ciudad fría. Extraña. Lejana. En París experimenté cómo se siente el miedo y cómo se llega al borde de la locura.

Cada año a París llegan unos 400.000 jóvenes a estudiar. Las escuelas de francés son la puerta de entrada para miles de estudiantes latinoamericanos, asiáticos, eslovenos, que quieren vivir en la Ciudad de la Luz, famosa por su romanticismo, su perfección.

Pero París es todo menos una ciudad romántica. Es fría y hostil con los recién llegados. Encontrar un lugar para vivir es una titánica labor que puede tomar semanas antes de que el iluso recién llegado pueda encontrar un espacio en la tierra prometida. Los pícaros estafadores, escondidos detrás de un computador, están al acecho permanentemente buscando el mejor postor que pague para vivir en una casa de papel.

En el distrito 20 de París, casi ubicada en la periferia, en la última estación de la línea 3 del metro, hay una casa grande de unos cuatro pisos. La puerta principal se camufla misteriosa detrás de un árbol con flores blancas y violeta que recién empiezan a florecer llegada la fría primavera. Una inmigrante china de unos 20 años es la encargada de entregar las llaves a los inquilinos temporales que llegan buscando un hogar. Yo, mientras tanto, me comunicaba con torpes mensajes de texto escritos en francés con la dueña de la casa: otra mujer china que parecía dominar mejor el idioma que su empleada.

Al entrar, la casa tenía un extraño olor a suciedad mezclada con limpiadores de pino y flores artificiales, pero la sensación de ranciedad venía con el ADN de la casa. “Huele a chino”, pensé. Un pequeño hall recibía al visitante. La diminuta recepción era una señal de que no había preocupación porque el inquilino se amañara en casa.

Las escaleras se empinaban uno, dos pisos hacia arriba. Uno más hacia abajo, donde estaba la cocina y algunos huéspedes tenían acceso a una amplia y oscura cocina. Al pisar desprevenida, el chirrido de mis pasos acompañaban el recorrido por la madera envejecida que conducía hasta mi cuarto, un pequeño rectángulo de 1.80 x dos metros, con una cama y un escritorio, un lujo en pleno París.

Me instalé. Tomé lo necesario y me puse a escribir. Era una historia de una niñita que vendía sus juguetes a cambio de agua para los damnificados de un terremoto en la provincia cercana. Por ese entonces andaba yo muy sensible. No había comido. Una botella de vino desgastada era mi compañía. No había ido convencida a esa ciudad. Lo había hecho con el ánimo de huir de la monótona y atrancada Bogotá, que para este momento debería tener mucho más sol que la encapotada Ciudad Luz.

La ansiedad burbujeaba en mi garganta y la ciudad se asomaba insípida, sosa y ajena por la ventana. El vecindario, lleno de inmigrantes árabes y obreros franceses que descampaban el desempleo fumando y tomando cafés en una tienda, me era tan desconocido como la salsa blanca halal que compré en la única tienda que encontré abierta ese día: ultracondimentada, picante y agria en el fondo del paladar. Pensé que así sabían los árabes.

Hacia el final de mi jornada laboral, en medio del silencio de la habitación 302 se coló un sonido ensordecedor que empezó a martillarme el cerebro. No venía de la casa y tampoco de la calle.

Ansiedad.
El pulso se acelera.

Las teclas de un piano tocaban un conjunto de notas musicales que se repetían constantemente sin avanzar a ningún lado. Miré hacia todos los rincones de la habitación buscando de dónde venían. No supe. El sonido era demasiado débil como para venir de algún lado.

Respirar.

La música se repetía una y otra vez sin descanso, y mi corazón empezó salirse de mi pecho. La tensión en mi cuello asemejaba las cuerdas de un violín. Los nervios de punta. Un remolino de confusión me acorralaba y la respiración rasgaba mi garganta.

Tenía frío. Miedo. Me estaba perdiendo.

De golpe, toda la habitación quedó en silencio y empecé a sentir unos pasos caminar por las escaleras sobre mi cabeza, como quien sube al último cuarto que estaba cerrado con un candado en el último piso. Lo sabía. Mi baño estaba justo al lado de esa misteriosa puerta.

- ¿Quién vive allí?, pregunté. Y la empleada china, en un francés mal hablado e inentendible, me dijo “pas de personne”, “rien”. “D’accord’, respondí con desconfianza.

Sola en la habitación 302 recordé esa conversación y entendí que tal piano no existía, que la ansiedad me estaba matando lentamente. Que el sonido venía de mi cabeza. Me senté en el rincón de mi cama blanca, con el sabor del pánico en la boca, como cuando uno se golpea la cabeza. Abracé mis rodillas pegadas al pecho con mis brazos y me escondía del ruido de la locura detrás de mis manos mientras me mecía confortándome en medio de la locura, como ese personaje de El Jardín de las Delicias del Bosco: sintiendo miedo de que la demencia lo inundara.

Yo, con miedo de tener miedo, vivía apenas mi segunda semana en París.

martes, 5 de septiembre de 2017

Perder perdiéndonos

Claro, amor.
Las torpezas de la vida suelen sucedernos. Y yo perdí la cabeza tratando de llegar a ti
Había imaginado tanto nuestro encuentro
que me desbordé de amor por ti solo viéndote venir.

Y quién no iba a hacerlo, si contigo las cosas eran más fáciles, más dóciles, más tranquilas
Contigo respiraba amaneceres frescos
con promesas de sol radiante cada mañana.

Amarte entonces era tan fácil
que tenía un sentimiento de plenitud contigo
y la vida me sonreía con solo intentarlo

Con solo pensarte
con solo tomar tu mano
y saberte mía así fuera unas pocas horas cada noche
tenía y me bastaba

Tener tus ojos mirándome
y tus besos besándome
era un vicio del que no quería escapar

Caminar contigo en un parque
contándonos sueños, poesías
mientras tú rompías ramitas de pasto en pedacitos y agachabas la mirada
era la mejor manera de inventarnos todo eso que podíamos ser

Pero tus heridas eran más fuertes, amor
y mi locura no logró abstenerse cuando tuvo que perderte
Mi corazón era una represa desbordada por las lluvias
de amor, de locura,
a cuyo desastre no había cómo escapar

Ya no había vuelta atrás , Blues
y aunque grité y grité pidiéndote te que te quedaras
tus oídos fueron sordos a mis súplicas

Entonces te fuiste,
y dejaste un vacío en mí que no conocía límites
que no conocía más que el ruido del silencio
que no conocía más soledad que aquella condenada a estar sin ti

Y yo, como Alicia, me sentía cada vez más pequeña
y las aguas de mi propio llanto inundaban mi habitación
y salía nadando antes de ahogarme
arrastrándome por ese infierno
en el que me dejaste
al que fue tan fácil entrar de tu mano
y que sin ti, ya no había (ni sabía) cómo salir de él.

martes, 28 de marzo de 2017

Recordando a A para olvidar a A

Hoy vi a A luego de muchos años, cientos de semanas, miles de días. Un amigo me envió una foto de ella hace días que hasta ahora vi. No niego que me emocionó. Mis ojos se inundaron de lágrimas; reí complacida recordándola.

A no había cambiado nada desde que la conozco. Tan pronto vi su cara y unas letras que decían lo que ella sabe decir muy bien, quise escribirle una carta o enviarle un mensaje. Tuve ganas de decirle que me acordaba de ella cuando ya hacia el final de mis días en aquél lugar común la veía caminar por los prados verdes sabaneros.

A usaba tenis, jeans rotos por la rodilla, camisas anchas de colores que le volaban con el viento y el sol de medio día. Yo la recuerdo así. Un día, me acuerdo, me descubrió mirándola desde la lejanía de un balcón en el segundo piso y bajó la mirada como consternada de sentirse vigilada.

Yo no podía disimularlo. Es más, todos saben que no escatimo en miradas y en observaciones cuando me gusta [mirar a] alguien.

En esa época A era mi invento para salirme de la rutina, del aburrimiento. Cuando la miraba, sonreía, sentía algo muy cercano al enamoramiento, pero era un enamoramiento artificial, lo sabía; lo que pasa era que me gustaba mucho y disfrutaba mucho su inteligencia, porque eso sí, como ella, conocía a pocas en esa época.

Ver a A me hizo pensar en días de sol, cielos azules y una tranquilidad que hace rato no experimentaba, pero que nuevamente volví a sentir, así fuera por un momento.

Me acuerdo que L y yo hablábamos a veces de ella. Me parece que a ella también le gustaba porque tenía esa actitud coqueta, que yo conocía muy bien en ella, cuando se dirigía a A o cuando hablaba de ella. Yo no sabía cómo sentirme, pero me gustaba. Me gustaba ella y me gustaba A.

Creo que nos gustaba tanto, que ambas decidimos que el día que escribiéramos un libro, A iba ser la que nos escribiera escribir el prólogo.

Prendí el computador. Escribí el nombre de A completo y pulsé enter buscando saber qué hacía ahora.

Justo encontré unas fotos de ella con Firulais, un perro del que siempre escribía; eran cosas tan urbanas y simples que nunca creí que existiera, aunque el animal era tan perfecto para ella que no me sorprendió del todo verlo en una foto con ella.

Seguí pasando las fotos, navegando perdida en los recuerdos que A ha querido recordar por siempre, y la veo con aquella que seguro será su compañera. No dice nada, solo un par de mensajes. Lee libros de J.M. Coetzee, publica fotos de callecitas de colores, de autores que desconozco y siento envidia de que sea tan amante de la lectura, algo que yo, aunque más quiera, nunca podré igualar, porque lo que a mí respecta, busco historias de amor, no importa de qué, pero tienen que haber amor, si no no puedo seguir leyendo.

Una foto de una casa de madera, con ventanas de marco de madera y ventanas cuadriculadas muy pequeñitas, un cielo gris, una montaña de fondo y un adorno de flores de colores, me hacen desear estar allá con ella y hablar por horas de los recuerdos que nunca hemos tenido juntas, una manera de volverme a enamorar así sea artificialmente, pero que me distrae de estos tiempos de cielos grises y días lluviosos de esta amarga Bogotá.

Al fin de cuentas, pensar en A es más cómodo que pensar en A*, pues ya no puedo pensar ella.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Marrakesh y la Plaza Jemaa el Fna

El camino al Sahara fue largo e incierto.

La verdad nunca supe a dónde íbamos a ir porque por más que Jawad, el encargado del Riad en el que nos hospedábamos, lo repitió cada vez que se lo pregunté, ningún nombre se me quedaba ni me daba alguna indicación de nada: así empecé mi viaje por Marruecos, en Marrakesh.

La primera vez que escuché esa palabra —Marrakesh— el sonido envolvente me cautivó. Caí de casualidad en este lugar tratando de localizar a Juan Goytisolo, un escritor español (catalán) que había ganado el premio Príncipe de Asturias en 2014 y que queríamos entrevistar.

Nunca había escuchado sobre Marrakesh. Mi visión del mundo, siempre tan corta, me ha permitido maravillarme con cada descubrimiento, por pequeño que sea, como en este caso, el nombre de la ciudad.

De Marrakesh vi fotos, leí reportajes, busqué mapas. Todo me decía que esa ciudad de nombre tan raro, pero tan sonoro, tenía que ser algún día mi destino.

No tardó tanto: dos años después de imaginármelo cada vez que planeaba mis viajes, llegó gracias a su cercanía con Europa. Resulté viviendo un ratico en París y desde aquí todo es tan cerca y barato, que no pude resistirme.

Después de un viaje de tres horas desde Orly, aterricé en un día templado y húmedo (pegajoso) en Marrakesh a las 17H25 de un día de principios de septiembre. No hacía calor, pero el clima indicaba que iba a ser complicado.

Pero la verdad era que no sabía nada porque nunca me tomé la molestia de ver qué había para hacer, cuál iba a ser el clima (más allá de la temperatura); nunca supe cómo podía ir del aeropuerto al hotel, ni cuales eran los puntos de interés para visitar. Me fui a ciegas, más por despiste que por aventurera.

Tomamos un bus que nos tuvo en 20 minutos en la plaza central  Jemaa el Fna, un lugar ruidoso, con multitudes de hombres, mujeres, niños, abuelos, vendedores, culebras, monos encadenados, negocios amontonados y algunos turistas reunidos en la misma locura. Un guía turístico que pagamos por error dijo algo así como que tenía que ver con que allí alguna vez en la historia colgaban gente, la mataban… no le entendí muy bien. Su español era difícil.

Laura, que iba conmigo, me dijo que sentía que había llegado a Sodoma y Gomorra. Yo no hice caso, estaba encantada con el caos, la cantidad de colores de aquel lugar. Me paré frente a un hombre que vendía sombreros y compré una gorra, tal vez mañana iba a necesitarla y la compra no podía esperar.

Miles de hombres nos rodeaban. Era una gran multitud que ofrecía, que pedía, que quería llevarnos, que quería nuestro dinero, que quería saludar, saber de dónde veníamos.

Un vídeo publicado por Melissa Velásquez Loaiza (@almendranadamas) el

Comimos maní, un refresco. Compré una gorra. Tomé una de las pocas fotos del lugar. Intentamos llegar al Riad caminando, pero el camino es difícil y nos perdimos en una calle repleta de mujeres con burkas con niños de la mano, en los socos, callecitas llenas de mercadillos-callejones en los que cualquier novato podía perderse.

La primera vez que me encontré con una mujer con niqab o burka (velo islámico que les cubre toda la cara, todo el cuerpo) tuve miedo. Quedé en shock. Fue difícil de asimilar. Me sentí violentada como mujer; sentí la sensación de ahogo. Aunque ya lo había leído miles de veces, ver una figura acercándose toda cubierta de negro, sin identidad, como una sombra no era menos que miedoso. Al mismo tiempo quise saber más de estas mujeres.

Desistimos.

Contratamos un tuk tuk que por 40 dirhams (algo así como 4 euros) nos llevó al Riad. Era todo o nada. Era el único dinero que nos quedaba porque no habíamos retirado más. Ya eran las 10 p.m. y de noche sin conocer, permanecer allí parecía temerario.

Marrakesh era un hervidero de sensaciones. Yo tenía miedo, emoción; sentía que algo en mí temblaba, estaba cansada por el viaje, por la caminada; tenía nervios y me sentía perdida, todo al mismo tiempo… pero aún así sentía que podía manejarlo. Creo que lo único que pensé allí es que lo peor que podría pasarnos era un robo. Yo sudaba, pensaba en qué estaba haciendo allí, pero a la vez estaba emocionada por conocer ese mundillo, tan lejano y distante al mío.

El señor del tuk tuk nos dejó frente a un callejón y decía en un francés complicado “Allez-y! Allez-y! The riad is there!. Walk!”.

Un grupo de muchachitos nos recibieron preguntándonos cómo nos llamábamos, de dónde éramos. Se reían con pequeños salticos a nuestro alrededor emocionados por ver turistas, pues eso, sabían desde muy chiquitos, podría significar dinero… o una ventana para ver otro mundo.

Uno de ellos, como de 14 años, nos ofreció llevarnos hasta la puerta, que quedaba en un callejón a 50 metros de la avenida principal. “¡No tenemos dinero! WE-HAVE-NO-MONEY”, advertimos. Pero ellos querían ayudarnos. Llegamos a una puerta pequeña, en medio de una callecita incómoda aún para los peatones…



Golpeamos.


- YES?
- ¿Hotel? ¿Riad?
- YES, COMMINN

Un jovencito de mirada noble y tierna nos atendió. Llamó a su compañero-jefe que estaba en la terraza y este apareció por las escaleras como aparecen los capos que son dueños de la casa: con una gran sonrisa, extendiendo la mano, con los cuatro primeros botones de la camisa abiertos y con una expresión de opulencia (en medio de la no opulencia).

- ‘Welcome to Marrakesh’, sonrió, apretándonos la mano con suavidad.

Nos preguntó si queríamos un whisky caliente, una bebida típica de Marrakesh.

Dudamos.
Él sonrió.
Aceptamos.

Tronó sus dedos y con dos sencillas palabras en árabe (que pudieron haber sido más) el joven ayudante entró a la cocina a preparar aquél ‘whisky’.

Al rato apareció con una jarra caliente de acero y tres vasos de vidrio. El ‘berberet whisky’ —no sé qué quería decir— era en realidad un té de menta caliente sin una gota de licor. Más tarde íbamos a enterarnos que Marruecos es un lugar difícil para conseguir bebidas alcohólicas, pues la religión no lo permite en lugares que estén cerca de las mezquitas.

Después del primer sorbo seguimos bebiendo tranquilas mientras Jawad nos invitaba al desierto en un viaje de 12 horas por carretera, donde íbamos a ir con un grupo de turistas a montar camello en el desierto… Yo no puse cuidado a nada de esto a pesar de mi insistencia por grabarme los nombres. Sólo supe algo: en el destino habrían camellos y dormiríamos en el desierto una noche y veríamos las estrellas…

¡Hasta mañana!

viernes, 29 de julio de 2016

Un día largo de trabajo

El camino a casa después de un viaje era el más duro de todos.

No importaba la naturaleza o el balance final del viaje, simplemente el regreso a casa era triste, o pesado, o difícil.

Volver a casa después era siempre una vaina muy jodida.

Era lunes a media noche y recién regresaba a casa; lo único que quería era darme un break de mí misma; de mi cabeza, de mi caos.

Pensé en G y la tristeza o el malestar me embargaron. Pensé en L y un escalofrío me recorrió el cuerpo: no sé exactamente en dónde empezó, pero lo sentí en el corazón, en el estómago y en la mitad de mis piernas. Me di cuenta que no estaba lista para volver. No después de esto.

Yo amaba a G, pero deseaba a L.

Dudaba esa noche en volver a casa y tener que mentirle tan descaradamente a G.

Subí las escaleras esperando demorarme más de lo que hacía el tan veloz y siempre servicial ascensor.

Subí con el peso de la gravedad en los hombros. Me demoré en las escaleras tratando de escuchar los ruiditos de mis vecinos. Sentía que quería desandar mis pasos antes de subir a esa casa que olía a viejo, a madera y a humedad y cemento fresco y a guardado.

Recordé la casa aquella en Roma donde paré la otra vez por unos días con ese olor tan característico que también me recordaba mi casa en Buenos Aires... Pero esa es otra historia.

Subí uno, dos pisos; 30, 40 escalones, una vida completa. Busqué las llaves en mi siempre caótico bolso donde nunca hay nada pero siempre está todo.

Dudé. Jugué por un segundo con las llaves dibujando mis pensamientos con ellas y al fin entré con un suspiro a ese lugar que esperaba encontrar solo.

G apareció envuelta en una nube de humo blanco espeso, como melancólico. Dijo que me había estado esperando porque no aguantó la soledad de su casa y le tocó venir. G hablaba y yo la miraba con ganas de que se callara, con ganas de que se fuera, con ganas de que no estuviera ahí.

L y yo nos chupamos los dedos, nos comimos las ganas; yo le mordí la cara, la lengua, la boca; le pasé la lengua por el centro de su cuerpo transparente y la besé en lugares inhóspitos de su cuerpo.

Le cogí la cara y le susurré al oído algo que sólo ella y yo sabemos.

-¿Le gusta, muñeca?

Nos besamos. Nos besamooooos. N O S B E S A M O S…

L me sonrió y me dijo estátodomuybien,muñeca, y yo le devolví la sonrisa. Éramos amantes pero sobre todo cómplices.

Me miró con cara de qué le va a decir a G y yo sólo atiné a morderle la boca, morderle el aliento y abrirle la puerta por donde el alma le salía del cuerpo. Nuestros gemidos se perdían en la noche oscura y cálida.

L me mordió, me chupó, me comió la vida. Se comió mis dedos llenos de su sabor. Me sonreía con esa sonrisa tan de ella que siempre me gusta. Me derretía saberla tan sexy.

Siguió mostrándome por un rato cómo se ama con toda la lujuria rebosando nuestra piel.

Dueña de sí misma —como siempre— la sentí gozar y venirse salvaje, animal, complacida. Éramos dos luchando contra el deseo, siguiéndolo, dejando que hiciera lo que le diera la gana con nosotras que ya no éramos nuestras dueñas.

L era esa noche lo que yo quería que fuera. Fuimos lo que quisimos. Amantes, amigas, cómplices, putas… cualquier cosa.

Respiramos frente a frente sonriéndonos con la mirada, en silencio, envueltas en las sábanas y con la vida más revuelta que nunca.

Al rato se paró un momento y yo quedé con las manos abiertas pegadas al colchón. Al volver a mi lado, intentaba dormir o cantar para romper la rareza del momento. Me ofreció su mano y yo se la tomé mirándola, con ganas de que nadie más dijera nada.

Es como si por un momento hubiéramos estado hechizadas y luego quedamos en una estela de silencio.

- …
- …
- …
- … ya no podemos deshacerlo
- …
- ¿Qué le va a decir a G?
- Que fue un día largo de trabajo.