En algún punto del decálogo entregado por Dios a Moisés en el monte Sinaí, el Primero le enfatiza al segundo que es pecado que le guste la mujer de su compadre. Pero ¿qué pasa si la vieja está buena?
El prójimo, entendido como cualquier persona que esté al lado de uno, se supone que debe ser respetado. Pero lo confieso: me importa un pito mi prójimo cuando veo a su mujer.
Y es que me ha venido pasando desde hace varios meses cuando miro la parte de atrás de la mujer de mi prójimo. No me asusta pensar en que puede ser mía en algún momento. Es más, me divierte, porque estoy segura de que no disfruta lo que debería disfrutar cuando está con su esposo (mi prójimo) y me imagino haciéndola gozar de los pecados más mortales pero fascinantes a los que se ha venido negando.
Y es que creo que Dios se equivocó (con todo respeto por los creyentes) con ese mandamiento. Porque ¿qué tal si la mujer de mi prójimo me hiciera caso? ¿Qué pasaría si me diera el placer de, en su cama (que vendría siendo la misma de mi prójimo), morderla, chuparla, lamerla y hasta comérmela toda?
Yo creo que en ese momento me olvidaría toda mi educación religiosa (porque fui educada en colegio de monjas y en la Universidad ni se diga). Creo que el disfrute del roce de nuestros cuerpos, de nuestra piel, de nuestras lenguas, que sin vergüenza lucharían entre sí, sería algo inigualable que no cambiaría por nada. Creo que el sonido de la puerta del cuarto de mi prójimo - que él mismo estaría golpeando- me excitaría muchísimo más, e inclusive me ayudaría a llegar…
Entonces ¿Por qué no puedo desear a la mujer de mi prójimo si es lo que me hace feliz? ¿Es que acaso las personas no tenemos derecho a buscar nuestra felicidad? Y si mi felicidad está en comerme a la mujer de mi prójimo, qué me ha de detener. Algunos podrían decir que es que es pecado, o que por motivos éticos. Pero una vez ella esté acostada debajo de mí con las piernas abiertas, ¿será que pensaré en que estoy pecando?
De pronto el remordimiento llegará después. Después de haber chupado y besado hasta quedar saciada de sexo, sudor, placer… hasta quedar toda llena de saliva por cualquier lado. Después de haberle abierto la puerta a mi prójimo con cara de satisfacción. Después, cuando las cosas hayan terminado y nos miremos cómplices de lo que hubo sucedido… De pronto.
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