Hoy vi a A luego de muchos años, cientos de semanas, miles de días. Un amigo me envió una foto de ella hace días que hasta ahora vi. No niego que me emocionó. Mis ojos se inundaron de lágrimas; reí complacida recordándola.
A usaba tenis, jeans rotos por la rodilla, camisas anchas de colores que le volaban con el viento y el sol de medio día. Yo la recuerdo así. Un día, me acuerdo, me descubrió mirándola desde la lejanía de un balcón en el segundo piso y bajó la mirada como consternada de sentirse vigilada.
Yo no podía disimularlo. Es más, todos saben que no escatimo en miradas y en observaciones cuando me gusta [mirar a] alguien.
En esa época A era mi invento para salirme de la rutina, del aburrimiento. Cuando la miraba, sonreía, sentía algo muy cercano al enamoramiento, pero era un enamoramiento artificial, lo sabía; lo que pasa era que me gustaba mucho y disfrutaba mucho su inteligencia, porque eso sí, como ella, conocía a pocas en esa época.
Ver a A me hizo pensar en días de sol, cielos azules y una tranquilidad que hace rato no experimentaba, pero que nuevamente volví a sentir, así fuera por un momento.
Me acuerdo que L y yo hablábamos a veces de ella. Me parece que a ella también le gustaba porque tenía esa actitud coqueta, que yo conocía muy bien en ella, cuando se dirigía a A o cuando hablaba de ella. Yo no sabía cómo sentirme, pero me gustaba. Me gustaba ella y me gustaba A.
Creo que nos gustaba tanto, que ambas decidimos que el día que escribiéramos un libro, A iba ser la que nos escribiera escribir el prólogo.
Prendí el computador. Escribí el nombre de A completo y pulsé enter buscando saber qué hacía ahora.
Justo encontré unas fotos de ella con Firulais, un perro del que siempre escribía; eran cosas tan urbanas y simples que nunca creí que existiera, aunque el animal era tan perfecto para ella que no me sorprendió del todo verlo en una foto con ella.
Seguí pasando las fotos, navegando perdida en los recuerdos que A ha querido recordar por siempre, y la veo con aquella que seguro será su compañera. No dice nada, solo un par de mensajes. Lee libros de J.M. Coetzee, publica fotos de callecitas de colores, de autores que desconozco y siento envidia de que sea tan amante de la lectura, algo que yo, aunque más quiera, nunca podré igualar, porque lo que a mí respecta, busco historias de amor, no importa de qué, pero tienen que haber amor, si no no puedo seguir leyendo.
Una foto de una casa de madera, con ventanas de marco de madera y ventanas cuadriculadas muy pequeñitas, un cielo gris, una montaña de fondo y un adorno de flores de colores, me hacen desear estar allá con ella y hablar por horas de los recuerdos que nunca hemos tenido juntas, una manera de volverme a enamorar así sea artificialmente, pero que me distrae de estos tiempos de cielos grises y días lluviosos de esta amarga Bogotá.
Al fin de cuentas, pensar en A es más cómodo que pensar en A*, pues ya no puedo pensar ella.
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