Ila:
Desde el primer momento en que te vi, supe que te quería junto a mi.
Desde el día que supe tu nombre supe que no eras como las demás.
Tus labios rojos me acercaron a ti, llamaron mi atención y me hicieron
perderme en tu sonrisa, tan blanca, tan pura.
Me hechizaste con tus colores, Ila, con tus letras, con tus uñas rojas.
Aquél día, el día de tu desnudez, no supe cómo reaccionar ante tanta
belleza.
Tú, tan sensual, tan armónica;
tu cuerpo destilando pasión y combinando perfectamente con el entorno.
Tu baile singular, tan único como tú, me envolvió en una estela tibia, húmeda,
sensorial.
Ese baile atrevido me regaló tu cuerpo en medio de la locura de verte
tan lejos y tenerte tan cerca.
La energía circulante y el espacio cerrado, solo para las dos.
Éramos tú y yo, Ila. Tu cuerpo, tus curvas, tu abdomen plano de cintura
pequeña y piel de cristal.
… Ila, Ila, Ila, tu nombre me libera…
Recuerdo tus ojos cerrados evitando mi mirada
Y yo del otro lado deseando tu vida, tu piel, tu mirada, tus sueños.
La energía fluía y lentamente decidiste que era tiempo de avanzar.
Con tus dedos delgados bajaste la tiranta de ese vestidito ceñido que
usabas esa noche, que te daba en la mitad de los muslos.
Abriste los ojos y los clavaste en los míos, invitándome a seguir allí,
a no darme por vencida.
Los dientes de tu cremallera, silenciosos, se desencajaban uno a uno y
tu alma quedaba a la deriva, presenciándome inquieta, sedienta.
El vestido cayó, dejándote en evidencia.
¡Ay, Ila! Me estremecí tanto. Aún lo siento.
En ese momento quise tocar tu piel y decirte cuánto te amaba.
Entonces fui a buscarte en la oscuridad.
Sentí tu olor, tu calor. Sentí tus latidos y el fluir de tu sangre.
Tomé tus brazos en los míos y pegué tu cuerpo a mi piel, fundiéndonos en
una sola.
Toqué con la punta de mis dedos tu liguero negro, ese que me encendía
más, que te hacía ver tan deseable.
Con violencia lo aparté para que nada se interpusiera entre las dos.
Y tú sonriendo mientras yo te decía palabras bonitas.
Aquél día te amé en el lugar que jamás te imaginaste.
Te amé sin razón y fui lo que nunca sería con nadie.
Irónico, ¿No crees?
Ila, Ila, Ila… Recuérdame amándote
Yo estaba sorprendida como si el infierno que me ofrecías en realidad era el cielo. No supe cuando cayó mi vestido, simplemente volaba en tus manos libres de tierra y remordimientos.
ResponderEliminarQuede plácida ante tu mirada amatoria, que era mía y se volvió nuestra. Ahora no tienes más derecho que el sólo recordarme, aunque después de este sueño no me tengas.