Descubrí que era ella por el aroma cítrico que dejó al pasar. Era el mismo que mi cerebro guardaba obstinado en recordarla. Supe que era ella por su euforia al pasar por mi lado y su reacción al verme: un abrazo sobrecogedor me condujo a la escena que evitaba a toda costa, pero que deseaba desde hacía mucho tiempo.
Cuando me soltó, hice un autoexamen de mi estado de ánimo: no pasaba nada; algo andaba mal. Le sonreí como siempre y busqué un tema de conversación desde el instinto: no pasaba nada, algo andaba mal. Finalmente logramos conectar la conversación alrededor de un crep con mi salsa favorita.
Hablamos de asuntos sin importancia, tal vez previendo que el tiempo no nos alcanzaría como para adentrarnos en algo más profundo o trascendental que se quedara a medio camino. Inocentemente creí que se trataba de mi tiempo. Sin embargo, a los dos segundos vi que la pública privacidad que teníamos se acabaría cuando, en menos de cinco minutos, llegara quien ahora era la dueña de su corazón y hasta de su corte de pelo.
Fue en ese momento en que caí en cuenta de que nuestro tiempo definitvamente había quedado atrás: el ciclo se había cerrado y la escencia se había perdido con un corte de pelo.
Ya no era la misma persona que había conocido. Su nuevo estilo ya no pertenecía a quien recordé y busqué el primer día de habernos conocido. Ya no era ella, la mía, la bonita, la perfecta imperfecta musa que había creado en épocas donde el tiempo florecía sin relojes. Ahora vi en ella una más mundana, mas recorrida, más lejana y agena, más volatil aún que cuando hablabamos sentadas bajo la lluvia mirando nuestro tiempo compartido y los zapatos sucios.
No era la misma. Caí en cuenta de que ya no soy la misma. El tiempo había pasado y las cosas habían cambiado: los sentimientos, los placeres, los momentos. Incluso las miradas ya no eran las mismas de antes. Ese fue el signo claro de que nuestras realidades navegaban por rumbos diferentes. Miramos hacia el mismo lado, pero no vemos lo mismo.
Me quedé pensando en el recuerdo de lo compartido, de lo que el silencio me dejó en esta historia llena de relatos cortos, rotos, de noches en vela y amor frustrado.
Lo escencial se ha ido y descubrí que el pelo sí importa...
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